Verdad Amarga

Bandoleros y rebeldes en la Revolución Mexicana

Con una disculpa de antemano, para Patricia Galeana.



En 1887, justo en la plenitud del Porfiriato, José Martí  decía que el único modo de conocer a un país era a partir de un estudio en sus elementos, sus tendencias, sus apóstoles, sus poetas y sus bandidos. Precisamente en este último entre todos los apartados, es donde inicia de algún modo a escribirse, dentro del escenario propio del México decimonónico, la historia del bandolerismo y la rebelión que a la postre brindarán su mayor fermento a lo que será la antesala previa al estallido del primer gran movimiento social del siglo XX, como lo fue la Revolución Mexicana. Y es en este mismo contexto en donde empieza a narrarse—con voz alta, con voz propia—la obra “Bandoleros y Rebeldes” de Reidezel Mendoza, libro singular(vetado por el  gobernador César Duarte en Chihuahua) por cuanto aporta en nuestros días a un mayor conocimiento de aquel país que apenas desplegaba la fuerza de sus alas a lo largo de un vasto territorio prácticamente inexplorado, como lo era y sigue siendo el norte de México;—particularmente, en este caso, entre los linderos de los estados de Chihuahua, Durango y la Comarca Lagunera—sitio incomunicado entre sus principales poblaciones, aún bajo el mismo paradigma ancestral de construcción de caminos del Virreinato y, por ende, terreno fértil para las correrías o depredaciones lo mismo de indios bárbaros que de rebeldes legendarios como el famoso Heraclio Bernal y José Beltrán, los únicos que enarbolaban una bandera política con un auténtico sentido justiciero que embona perfectamente con el bandolerismo social enunciado por el británico Eric Hobsbawm, y de todos los demás quienes, lejos de este apartado, se limitaron a ser simplemente asaltantes de ricos y pobres(en contubernio con algunas autoridades) sin más bandera o causa que la del enriquecimiento personal y la salvaguarda de los intereses de grandes terratenientes como los Terrazas y los Creel, que para este efecto contrataban a hombres fuera de la Ley, como es el caso de Ignacio Parra, Francisco Villa “el zacatecano”, Alberto Rodríguez, Rayo Sauceda, y sin lugar a dudas el más afamado entre todos los bandidos, consagrado a la postre como el mexicano más reconocido en el mundo(tras su debut cinematográfico como brazo fuerte de la Revolución Constitucionalista): Doroteo Arango, a la postre Francisco Villa.
Desmitificadora como pocas, la obra de Reidezel Mendoza viene a llenar una serie de vacíos históricos desconocidos, cuando no celosamente silenciados por quienes cobran a la sombra de la Historia Oficial, en cuanto a la vida azarosa de este personaje: desde el mito con que se lanzó por la senda del crimen, como lo es el de la supuesta defensa del honor de su hermana, hasta su incursión en las filas del Maderismo, menos por convicción y más por la conveniencia de pasar de perseguido de la Justicia a perseguidor implacable.
Libro de consulta obligatoria que complementa la obra de Frederich Katz por cuanto se sostiene por sí sola, escrita no desde el confort del lugar común ni detrás de un escritorio a mil kilómetros de distancia, sino a partir del rescate de fuentes primarias, acaso únicas, que como eminente historiador, Mendoza expone generosamente al alcance de todos.



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