De pesos y peluconas

Azaroso y repleto de abrojos ha sido el devenir histórico del peso mexicano. Desde la primera mitad del Siglo XVI, cuando se comenzó a troquelar en la Nueva España, la moneda ha sufrido altas y bajas, más de las últimas, que la hicieron voluble a través de los años.
Pero no todas han sido malas notas. Las primeras monedas acuñadas en nuestro territorio eran de oro y plata y su valor dependía del de estos metales. A mediados del Siglo XVIII se fabricaron monedas de buena ley, artístico diseño y esplendorosa hechura, llamadas columnarios y peluconas, que se convirtieron en el principal medio de pago internacional.
Durante la Guerra de Independencia el dinero comenzó a escasear. Era peligroso transitar los caminos y los capitales abandonaron el Continente. Ambos bandos, realistas e insurgentes, crearon sus propias monedas, denominadas aún en escudos y reales. Por esas fechas y por las mismas razones, aparecieron los primeros billetes.
Fue un decreto de Juárez el que terminaría con el “sistema octaval” español. Sin embargo, el primero en acuñar monedas de un peso sería Maximiliano, durante el Segundo Imperio Mexicano.
Ya en la Revolución se presentó un fenómeno parecido al acontecido un siglo antes, pero exponenciado: todas las fracciones beligerantes imprimieron papel moneda, los llamados bilimbiques, para pagar el avituallamiento de sus tropas.
Las numerosas variedades y emisiones complicaron el sistema monetario. Por lo que en 1925 se creó el Banco de México, ostentando desde entonces el monopolio de acuñación de monedas y emisión de billetes.
No obstante, la ausencia de autonomía condicionaba la política monetaria a los vaivenes circunstanciales y la correlacionaba a los ciclos políticos. Con la llegada de los gobiernos populistas, la emisión desmedida de moneda mediante el señoreaje, para pagar deuda o cubrir programas sociales, desencadenó una serie de crisis recurrentes que dio al traste con la economía y con nuestra moneda, la cual perdía constantemente su valor por el erosivo efecto de la inflación.
En 1993 apareció una nueva divisa. Era la misma, pero con tres ceros menos. Nacieron los “nuevos pesos”, medida que solucionó el problema de la falta de espacio en las calculadoras y en las cajas registradoras, pero no el fondo. Fue un año más tarde cuando por fin el Banco Central obtuvo su anhelada autonomía.
Desde entonces el peso, nuestro peso, ha buscado reivindicar su pasado y colocarse como moneda de referencia. Ciertamente no es una tarea fácil dados los antecedentes, pero vamos por el camino correcto, pues a la fecha es la moneda latinoamericana más empleada en transacciones internacionales.
El peso mexicano, según el Banco Mundial, se está convirtiendo en la moneda de reserva de otros países, nada mal si tomamos en cuenta que comparte ese honor con el dólar, el euro y el yen. Digno voto de confianza para México.
Nuestro Nezahualcóyotl al tú por tú con los próceres gringos, ¡nomás!


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