La debacle de El Dorado

El oro ha sido el metal precioso por excelencia. Durante milenios los alquimistas han dejado vestigios de la incansable búsqueda de la piedra filosofal: aquella sustancia con facultad de transmutar los metales corrientes en oro.
Es inspirado por la sugerencia de la existencia de riquezas infinitas en forma de oro en Asia e India, descritas por Marco Polo en el texto que detalla sus viajes a finales del siglo XIII, y contagiado de la fiebre por ese metal que asolaba Europa, como Colón emprende su aventura.
Esa misma codicia llevó a los conquistadores a torturar y asesinar a Cuauhtémoc y Atahualpa, gobernantes de los imperios Mexica e Inca, respectivamente, y a colonizar el centro y el sur del continente recién descubierto en la persecución del fabuloso mito del escurridizo El Dorado.
Ya en la época moderna, el club de países triunfantes de la Segunda Guerra Mundial instauró el patrón oro, utilizando el dólar como moneda de referencia internacional. Por improcedente e impráctico, dicho sistema monetario duró menos de tres décadas en funciones.
El oro sextuplicó su valor durante la primera década del presente siglo. La escalada, dicho sea de paso, fue bien aprovechada por el Banco de México al apostarle al áureo metal en una estrategia de diversificación de activos.
El precio del oro, al igual que el de la mayoría de los bienes comerciados, responde a la inabrogable Ley de la Oferta y la Demanda. En virtud de esa tendencia, cualquier observador financiero apostaría, si no a su alza, cuando menos a su nivelación en sus cotas actuales, medianamente menores a los del inicio de la década.
Según las estadísticas disponibles, 90 por ciento del oro se utiliza para joyería o para inversión y únicamente 10 por ciento para uso industrial. Es decir, el precio del oro se sustenta principalmente en la percepción y la abstracción más que en la necesidad y lo material.
El sitio DailyFinance publicó recientemente un texto que abona en este sentido y profetiza la erosión del valor del metal precioso. Históricamente la fortaleza del oro se basa en su función depositaria de valor: un almacén imaginario creado por el subconsciente colectivoa través de los siglos.
Sin embargo, explica el medio, ahora lo realmente valioso es la información. En la medida que se generalice el uso del Internet y crezca el almacenaje mediante flujos de información, el oro perderá su valor no industrial.
No termina de convencerme esa teoría; tampoco pasa la prueba del ácido de la práctica. Cierto es que las condiciones que históricamente le otorgaban su valor han cambiado.
“No todo lo que brilla es oro”, reza el adagio. Pero el oro siempre brilla y mientras su esplendor siga manteniendo alta su demanda, no habrá razones para preocuparnos por su declive.
La búsqueda de El Dorado continúa.

emym@enriquemartinez.org.mx