Una de cal…

Estados Unidos se autoproclama el adalid de la competencia sin restricción. Presume el paradigma del libre mercado; se regodea como el caudillo de la globalización. Pero si la competencia fuera en simulación e hipocresía, se llevaría la medalla de oro.
Ya son dos las décadas de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y los resultados económicos para nuestro país no han sido los esperados. Dos son las principales razones:
La primera, y que a partir del año pasado comienza ya a revertirse, es la falta de reformas estructurales que debieron realizarse a la par de la suscripción de dicho instrumento jurídico y se pospusieron por motivos políticos.
La segunda, las constantes violaciones realizadas por nuestro vecino del Norte para atender presiones particulares internas y políticas. ¿Motivos? No faltan. El ingenio de los estadunidenses para sacarse de la manga pretextos convenientes es fabuloso.
Ahí está el ejemplo del embargo atunero. Estados Unidos detuvo sus importaciones de atún provenientes de nuestro país con el argumento del daño colateral causado a lo delfines durante su captura, a pesar de haberse demostrado que ningún cetáceo era lastimado en el proceso.
Estados Unidos también presentó una queja por “dumping”contra nuestra azúcar, arguyendo que se exporta a un precio mayor al de producción. El precio es el asignado por el mercado, en condiciones de una sobreoferta causada por una cosecha extraordinaria de caña de azúcar y una demanda fija. ¡Tal como ellos nos lo enseñaron!
La Teoría de la Ventaja Comparativa, que tanto predican sus economistas y promueve la especialización de cada país en lo que es eficiente, no aplica en el caso de nuestro tomate. La insuperable calidad y alta competitividad en su producción son castigadas con un precio mínimo para poder ingresar al mercado norteamericano.
Fueron más de 15 años de conflictos con Estados Unidos por las exportaciones mexicanas de cemento a aquel país. Aranceles superiores al 60%, en promedio, cuotas compensatorias y permisos de importación, gracias a la intervención de las autoridades mexicanas, apenas recientemente se eliminaron. Desde hace algunos años nuestro alambrón, y más recientemente también nuestra varilla, han padecido el mismo trato.
A principios de año la Secretaría de Economía estableció un Aviso Automático para la Importación de Productos Siderúrgicos. Con ello se busca eliminar la competencia desleal causada por la subvaluación de las mercancías y el fraude que ocasiona la triangulación de origen y la alteración de la fracción arancelaria correspondiente.
Esta disposición, además de frenar la oleada de productos acereros que se internan  a México de manera ilícita y proteger esa industria tan importante para nuestra economía, ha causado inquietud y escozor allende del Río Bravo, sobre todo por nuestra desafección –contrario a ellos- a ese tipo de prácticas.
Nada de qué molestarse. Sólo una de cal por las que van de arena.


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