La apuesta de envejecer sin hijos

Un maestro de la universidad solía describir la economía como un globo lleno de agua a presión, y sus variables como los innumerables agujeros por los que ésta escapa. Una persona sólo tiene 10 dedos en sus manos, lo que vuelve inevitable descuidar alguna de las fugas cuando se quiere contener otra.

Ya sea por la complejidad de la materia, una visión cortoplacista o por la estrechez de miras de los tomadores de decisiones, a veces las políticas públicas implementadas tienen terribles consecuencias, inimaginables en el tiempo que fueron planteadas.

¿Quién hubiese imaginado, por ejemplo, que la decisión del gobierno de Australia de eliminar el impuesto a las herencias promovería horrendos sufrimientos en decenas de moribundos padres, a quienes sus hijos mantuvieron artificialmente con vida sólo para librar la fecha de entrada en vigor de la medida? ¿O que la política de subsidiar a las madres solteras en Estados Unidos haya fomentado una brutal disminución en la cantidad de matrimonios celebrados y un incremento en las uniones libres, con los consecuentes problemas sociales generados por el debilitamiento del tejido social?

China anunció finalmente la abolición de una medida tan dañina como absurda: la política de “hijo único”, promovida desde 1979.

Se pretende justificar la medida al explicarse su contexto: China siempre ha sido el país más poblado del planeta; incluso hace dos siglos, si le añadíamos la población de la India, ambos países reunían a más de la mitad de los seres humanos.

La medida surtió efecto. La tasa de natalidad disminuyó considerablemente, pero el costo ha sido altísimo. Se cuentan en más de 300 millones los abortos, principalmente niñas como víctimas, lo que ha causado un desequilibrio de género enorme en la juventud y la niñez: 30 millones más de varones que mujeres menores de 24 años.

La población está envejeciendo y la cantidad de personas en edad de trabajar, disminuyendo, escenario nada halagüeño para un país en franco crecimiento.

Por eso se desplomó la apuesta sociodemográfica del “hijo único” del gigante asiático.

La mejor manera de controlar la natalidad de una nación es como lo han hecho los europeos: con mayores niveles de educación y elevando los ingresos de sus habitantes. Debe ser la consecuencia de otras políticas exitosas, nunca una estrategia en sí misma, si es que queremos evitar los desequilibrios actuales.

Los seres humanos respondemos a incentivos, es inevitable.

Las decisiones que no toman en cuenta todas sus posibles consecuencias y las prohibiciones que van contra natura, que nadan a contracorriente de la preferencia ciudadana o que se establecen por un capricho de la autoridad, siempre causarán problemas imprevistos y  encontrarán, pronto, un agujero por el cual escapar del globo que los aprisiona. 


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