El abuelo, el niño y el burro

Cuatro pueblos tenían que cruzar el abuelo y su nieto, acompañados de su fiel burro, para llegar a su destino. Al iniciar el viaje, decidió montar al nieto sobre los lomos del animal para aligerarle el largo camino que tenían por delante.Al cruzar el primero, se apersonaron los directivos de la “Asociación Protectora de los Derechos de los Adultos Mayores” para encarar al menor y reclamarle su proceder al dejar al anciano a pie. “El niño es el que debe caminar. Tiene más fuerza y vitalidad que el viejo”, argumentaban.Apenado y con lágrimas de vergüenza en sus mejillas, bajó del borrico para ceder su lugar al abuelo, quien aceptó a regañadientes. Prosiguieron el camino. Al llegar al siguiente poblado los atajó el patronato de la “Asociación Protectora de los Derechos de los Niños”, recriminando enfáticamente el abuso que, según su parecer, estaba cometiendo el viejo con el menor.Asustado, porque lo amenazaron con dar parte a la autoridad, tomó una decisión salomónica: subió a su nieto en ancas. Supuso que ya no tendría más problemas.Para su sorpresa, apenas entró al tercer pueblo y ya los estaban esperando los dirigentes de la “Asociación Protectora de los Derechos de los Animales”. Le reclamaron que el jumento era víctima de maltrato al cargar dos personas encima.Ante el alto grado de hostilidad del recibimiento, el abuelo decidió bajarse junto con su nieto del asno para continuar a pie el camino, confiado que de esta forma ya no iban a confrontarlo en su última escala.Pero, ¡oh, sorpresa!: Al llegar a su destino, no fueron víctimas de improperios, denuncias ni amenazas, pero sí del escarnio y la burla. Con una lluvia de epítetos lacerantes sus intelectos fueron tachados de lo indecible porque ambos caminaban en vez de ir montados sobre el pollino.Pues algo igual ocurre en la política, apreciable lector. Todas las decisiones y acciones, por más nobles y benéficas que pudieran parecer, siempre encontrarán un obstáculo, un interés contrario, una crítica enfática, a veces genuina, a veces sólo por llevar la contra. Y lo mismo sucede con los editorialistas: generan filias y fobias en cada colaboración. El político se cuida del editorialista, éste se debe al político, y los dos juegan roles destacados para la sociedad. Relación simbiótica que se complica aún más cuando la misma persona realiza las dos funciones.Al igual que le sucedió al abuelo y su nieto, un articulista nunca podrá dar gusto a todos los dirigentes de “asociaciones”. Sin embargo, esmerarse en hacer lo correcto aleja cualquier cargo de conciencia.Las críticas, fundamentadas o no, deben ser siempre bienvenidas porque invitan a la reflexión. Y ésta, en todo caso, es el mejor antídoto contra ellas.


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