La Tregua de Navidad

Corría el cuarto mes del inicio del ominoso conflicto armado entre las principales potencias del orbe conocido como Primera Guerra Mundial. El motivo, la ambición desmedida; el combustible, la irracionalidad humana; el detonante, un asesinato político.
Aunque los medios narraban una realidad muy diferente según su nacionalidad, la historia ha podido ser recreada y enriquecida gracias a testimonios de los sobrevivientes y de la comunicación epistolar de los soldados con sus familiares, evidencia irrefutable de los acontecimientos.
Lo álgido de las hostilidades del sector occidental se encontraba en la ciudad belga de Ypres, en la frontera con Francia. Dos imperios, el británico y el alemán, jugaban a las vencidas con su implacable artillería y el coste de miles de víctimas para ambos bandos.
Era la víspera de la Navidad de 1914. Lo frío y gris de la sangrienta tarde fue súbitamente sustituido por villancicos y motivos navideños en la trinchera alemana. Sucedió entonces un hecho extraordinario: los soldados británicos dejaron sus parapetos y salieron desarmados y agitando banderas blancas sobre la temida “tierra de nadie” para encontrarse con sus enemigos.
Después de insólitos saludos de mano y abrazos, vino el intercambio de cigarrillos, chocolates y otras posesiones. Las lágrimas derramadas al mostrar al enemigo las fotografías de los familiares regaron la semilla de la tolerancia en aquel campo gélido y yerto.
El júbilo fue tal que devino en un partido de fútbol. Algunas fuentes narran un encuentro sin reglas, ni contabilidad de jugadores ni de goles; otras, sostienen la versión de una justa bien organizada, terminando con una apretada victoria alemana, presagio equivocado del resultado final de ese conflicto y durante la “Copa del Mundo 1966”.
Los generales estaban furiosos. Trataron de impedir a toda costa esa manifestación espontánea, pero el sentimiento afectivo fue tan fuerte que permeó a todo y a todos. Los jefes militares de ambas partes tomaron providencias para que eso nose repitiera en los siguientes años.
No cabe duda: aquellos soldados nos dieron una lección y un ejemplo a seguir, al deponer armas y enconos por un intenso sentimiento de fraternidad.
Hoy México está por terminar un año que trascenderá en su historia. Un año con transformaciones de fondo en el andamiaje constitucional, largamente postergadas por comodidad política.
Sin duda todo cambio conlleva resistencias. Actores de este escenario han endurecido su postura, al subir de tono la intolerancia en busca de una tajada política. Pero, a diferencia de las guerras donde los intereses son encontrados, estas hostilidades procuran un mismo objetivo: un mejor México.
Por este motivo, el ideal sería una Tregua Navideña indefinida. Un “alto al fuego” que se prolongue todo el año a fin de discutir racionalmente las reformas pendientes para seguir transformando al país.
Un milagro de Navidad, pues.
¿O sería mucho pedir en aras de nuestra hermandad como mexicanos? 



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