Premio o castigo

“Dios perdona; el hombre, a veces, pero la Naturaleza nunca”. Frase comúnmente enunciada por los ambientalistas que deja fuera a la voluntad divina de la ecuación ambientalista y nos posiciona a los humanos como únicos responsables de las cada vez más frecuentes catástrofes naturales.
Los gobiernos tienen dos formas para alcanzar sus objetivos de política pública: el premio o el castigo; “pan o palo”, en los términos utilizados por el historiador Enrique Krauze. Lo más eficiente es el uso estratégico y responsable de ambos.
Muchos países, incluido México, cuentan con una legislación que limita o prohíbe ciertas emisiones contaminantes, imponiendo altas multas a quien las viole con“el fuete castigador”.Estados Unidos presenta datos interesantes al respecto. Veamos su caso.
La Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) ha publicado estimaciones reveladoras: para el 2020 los costos de cumplir con la norma regulatoria de emisiones contaminantes le costará a la economía (empresas principalmente) ¡65 billones de dólares al año!
Esto es, en promedio, una pérdida de 450 dólares anuales para cada familia norteamericana, en forma de menores ganancias, sueldos más bajos o precios más altos.
Sin embargo, la misma Agencia calcula beneficios para la economía por el orden de¡2 trillones de dólares anuales!, principalmente en mejoras en la salud, reducción en los costos de los seguros, y el gasto gubernamental y privado en atención médica.
El tema del medio ambiente ocupa en aquel país un lugar primordial en su agenda. La semana pasada el Presidente Obama se dirigió a su nación para anunciar los avances en la consecución de la tan añorada independencia energética.Puso especial énfasis en las energías renovables y los estándares establecidos para hacer más eficientes los motores de combustión interna.
Una solución económica, generadora de estímulos correctos y propuesta en el Protocolo de Kioto, es la de los “Bonos de Carbono”.
Existen empresas cuyos procesos productivos contaminantes son muy rentables en términos económicos. Incluso están dispuestas a pagar un derecho (cierta cantidad de dólares por cada tonelada de dióxido de carbono emitida) por seguir contaminando.
En cambio, hay otras empresas que pueden mejorar sus procesos contaminantes de forma menos onerosa. El mercado de Bonos de Carbono es un mecanismo internacional por el cual la empresa contaminante paga a la que deja de hacerlo.
Este mecanismo ha sido poco utilizado en nuestro país. Y no es que a los mexicanos nos importe menos el medio ambiente. Pero debemos resolver primero los problemas y encrucijadas encaradas por los países más avanzados desde hace  algunas décadas, y que irresponsablemente habíamos venido posponiendo por comodidad política, como es el caso de las reformas estructurales.
El éxito económico no está peleado con la conservación del medio ambiente. Sólo es cuestión de utilizar con sabiduría y equidad “el palo” y otorgar los estímulos correctos.
Los mercados harán el resto.



emym@enriquemartinez.org.mx