¿Héroe o villano?

A cien años de su muerte, sus restos exiliados aguardan pacientes la valoración justa y el veredicto de la Historia, pero no de la oficial, que no deja de ser un lienzo maniqueo pintado por los vencedores y no acepta tonalidades ni claroscuros: o es blanco o es negro.

Así ha vuelto a entrar en calor el debate añejo sobre la repatriación de la osamenta de Porfirio Díaz, hasta hoy sepultada, paradójicamente, en el país contra el que luchó enardecidamente defendiendo nuestra soberanía. 

Díaz, aseguran muchos historiadores, jugó un rol decisivo en la Batalla de Puebla. Así lo consignó Ignacio Zaragoza en su afamada misiva al Presidente Juárez. Después de caer en desgracia, el texto fue convenientemente editado.

Celebramos esa efeméride como el triunfo definitivo sobre el ejército francés. Incluso en Estados Unidos se festeja como el día de la emancipación de América del yugo europeo, aunque en realidad hayamos permanecido invadidos media década más.

Hubo otra batallas después, minimizadas por la “historia paraestatal”, en las que Díaz fue el principal protagonista, como la del 2 de Abril también en Puebla.Durante su ordenada administración, logró pacificar a un país convulsionado y desangrado después de siete décadas de guerra.

Se invirtió, como nunca, en infraestructura vial, social y urbana. Destacan los proyectos hospitalarios, carreteros, portuarios y ferrocarrileros que cambiaron la fisionomía nacional e incorporaron a México a la modernidad. 

Díaz se equivocó en diferir la reinstalación de la democracia al creer que era lo mejor para el país. Minimizó los liderazgos disidentes y desoyó a las miles de voces que clamaban el fin de la dictadura.

Tal obstinación se convirtió en su anatema y le costó al país una nueva era de luchas sangrientas.Como seres humanos, los protagonistas de la Historia tienen aciertos y desaciertos. De ahí la importancia de ponderar la intencionalidad en sus acciones.

Durante su gobierno, Díaz no se apropió de nada indebido y abordó el Ipiranga sin cargar riqueza alguna. Vivió el resto de sus días con una modestia rayana en la pobreza.Yo no sé si debamos repatriar sus restos o dejarlos reposar en Montparnasse.

Lo primero, sin duda, podría ser nuevo motivo de confrontación entre los mexicanos. Pero sí considero oportuna la fecha para que la historia oficial reconsidere su postura draconiana.Escribir la historia con el interés único de los vencedores es la mejor manera de avivar y convalidar prejuicios. Pero, vistos algunos pros y contras, usted decida: Díaz, ¿héroe o villano? 


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