Dignificar la política

Aunque vapuleada y fustigada, la política es una actividad sublime y grandiosa. Y cómo no ha de serlo si es a través de ella como se arriba al poder para gobernar sociedades y realizar acciones en beneficio de miles de personas.Es ejercida por políticos poseedores de una fama no más prestigiada. La desconfianza hacia ellos ha reducido sus márgenes de acción y reacción en la forma de una mayor cantidad de trámites burocráticos y de auditorías persecutorias en todos los procesos de gobierno.“Los políticos están atados de pies y manos”, escribió alguna vez Jesús Silva-Herzog Márquez. “Su responsabilidad parece la del conductor de un tren que no puede decidir el rumbo de los vagones pero sí puede descarrilar el ferrocarril si olvida sus deberes. Si se duerme, puede causar la muerte de cientos de pasajeros, pero, por bien que haga su trabajo, no logrará que el tren llegue más temprano a su destino”.En democracias como la nuestra, al poder se accede mediante procesos electorales. Ser buen candidato no es sinónimo de ser buen gobernante. El carisma, las ínfulas mesiánicas y el discurso explosivo tan rentables en una campaña, nada tienen que ver con la sabiduría, responsabilidad, madurez y honradez indispensables para gobernar de manera decorosa.Las buenas intenciones no bastan. El presidente norteamericano Lyndon Johnson introdujo una serie de reformas sociales durante su administración. Una de ellas consistía en otorgar una ayuda económica a las madres solteras.Un noble propósito sin duda. Sin embargo, generó un incentivo perverso y causó que la mayoría de los afroamericanos no se casase nunca, causando grandes problemas de desintegración social, violencia y delincuencia.La política es cosa seria y no es para advenedizos. Menos para aventureros. De la misma forma que nadie en su sano juicio se practicaría un trasplante de riñón con un abogado ni le encomendaría la construcción de su casa a un contador, la política debe ser ejercida, si no por especialistas, sí por conocedores del tema.Ahora, como nunca, el político debe prepararse. Primero, para llegar a ser, mediante una combinación adecuada entre formación académica, vocación de servicio,  experiencia política y sentido común. Para no ser, pues la política es circunstancial. Y para dejar de ser, actuando con prudencia y decoro una vez abandonado el cargo.Decía Platón en  LaRepública que el mejor político es aquel que no quiere serlo, al que debemos rogarle para votarlo. Eso quedó atrás: ahora requerimos de personas con vocación, preparadas,que abonen en erradicar la centenaria idea popularizada por el escritor Robert Louis Stevenson de que quizá es “la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación”.Personas dispuestas a dignificar la política, máxime cuando puede y debe ser una actividad tan sublime. 


emym@enriquemartinez.org.mx