¿Diconsa? ¡Magnífico!, ¿no?

Soy de los que disfrutan mucho ir al “súper”; y si lo hago con la familia, mucho mejor. Recorrer los pasillos detrás de un carrito, cazando ofertas, comparando precios y ponderando calidades es, además de un relajante natural, saludable ejercicio para la economía familiar.

La economía citadina de mercado funciona con gran precisión, cual reloj suizo. La oferta de productos es enorme, las alternativas de consumo son amplísimas y las posibilidades de integración de una canasta son incontables. Y todo ello accesible a precios razonables, cortesía de la libre competencia.

Esta vorágine nos atrapa en su rutina absorbentey nos impide ver más allá de los límites urbanos. Nos induce a olvidar el campo, las comunidades rurales, los ejidos, los pequeños centros poblacionales en donde la economía de mercado no funciona y los grandes almacenes comerciales no llegan. Poca población, grandes distancias y caminos intransitables lo hacen inviable e incosteable.

Con sus más de 27 mil tiendas, Diconsa atiende a 13 millones de mexicanos asentados en miles de comunidades en esta situación. Se ha convertido en la red de abasto más importante de Latinoamérica, llegando, precisamente, a los lugares donde los mercados fallan y no despliegan sus bondades.

La principal responsabilidad de esta empresa social es ofrecer acceso a la población de las comunidades rurales a una alimentación sana, variada y suficiente. Para ello, cuenta con una oferta de cuando menos 23 productos de la canasta básica a un precio entre 20 y 30% inferior al del mercado.

Con el tiempo, algunas comunidades crecen y los caminos mejoran. Aparecen tiendas de abarrotes y supermercados donde los empresarios detectan oportunidades. La rehabilitación de caminos y la construcción de carreteras facilitan a los pobladores abastecerse en el supermercado de la ciudad más cercana, aún cuando deban pagar precios superiores a los de Diconsa.

¿Por qué? “Es una cuestión aspiracional”, me dijo su Director General, Juan Manuel Valle. Recordé mi gusto por “hacer el súper”; no fueron necesarias más explicaciones para entender este punto.

Muchos pensarían que con la llegada de proveedores de abarrotes a esas comunidades la misión de Diconsa concluiría. Nada más alejado de la realidad, ya que aún debe realizar una función muy importante:  regular los precios.

Cuando llega a instalarse una tienda de básicos se convierte en un monopolio porquela plaza no es redituable para dos establecimientos; difícilmente llegará otro a competir. Para esos casos ahí está, y estará siempre esta empresa social, heredera de la desaparecida Conasupo, “anclando” los precios de la canasta básica.

Sus orígenes datan desde hace casi 80 años, como estrategia federal reguladora de precios y para garantizarle un abasto popular suficiente y oportuno a las zonas rurales. Estos modestos minisúper se han diversificado. Ahoraofrecen, además, servicios de telefonía, medicamentos que no requieren receta y pago de la luz. ¡Magnífico, no?

Instituciones como Diconsa deben fortalecerse, son un orgullo nacionalista.


emym@enriquemartinez.org.mx