Deshonestidad, el verdadero flagelo

La corrupción es un mal que debe extirparse de toda sociedad. Creo que nadie puede objetar eso. Sin embargo, hay autores que ponen en tela de juicio el efecto negativo de ese flagelo sobre el crecimiento económico de un estado. Muchos de los países ahora ricos se industrializaron envueltos en prácticas corruptas, como fue el caso de Corea del Sur. Hace poco más de una década en algunas naciones desarrolladas, como Francia, no sólo era permitido sobornar a funcionarios extranjeros, sino que esos pagos eran deducibles de impuestos.Otro ejemplo sucede en Estados Unidos, donde se ha formalizado y legalizado la corrupción generada por el tráfico de influencias, hábito conocido con el elegante nombre de “cabildeo”.Especialistas como Raymond Fisman, David Wheeler y AshokaMody han podido demostrar con sus estudios la ausencia de una correlación negativa entre corrupción y captación de inversión extranjera directa.Si la corrupción está asociada a una asignación ineficiente de los recursos en una economía, a la generación de altos costos en transacciones, al detrimento de la sana competencia y a la incertidumbre jurídica, ¿cómo es esto posible?El principal problema para una economía no es la corrupción, sino la deshonestidad. Y es que “corrupción y deshonestidad no son términos intercambiables”, nos explica Jaques Rogozinsky. “La primera es el abuso de una posición pública para obtener ganancias privadas; la segunda es la violación sistemática de las normas, públicas o privadas, se esté o no en función del poder, sea o no legal”.Siempre que una sociedad es deshonesta, también es corrupta. Pero no viceversa. Los países asiáticos han podido crecer y desarrollarse porque, a pesar de sus altos niveles de corrupción, son honestos. La honorabilidad y la moralidad están por encima de todo.Qué mejor ejemplo para contrastar el comportamiento de dos sociedades corruptas, pero con diferentes niveles de honestidad, que su actuar ante un desastre natural. En 2011 Japón fue asolado por un terremoto y un tsunami de proporciones apocalípticas. A pesar de la desesperación de la población por falta de víveres y medicinas, nadie asaltó los supermercados ni las bodegas de almacenamiento.En cambio, todavía permanecen en mi mente las escenas procedentes de Baja California Surde una turba arrasando,cual voraz plaga de langosta, con todo a su paso, aprovechando como pretexto los daños causados por el huracán “Odile” para robar pantallas, electrodomésticos y cualquier otra cosa que se pudiese llevar sobre los hombros.A lo largo del tiempo se ha realizado cualquier cantidad de esfuerzos para combatir la corrupción. Ésta, sin embargo, es un síntoma, una consecuencia. La raíz del problema es la deshonestidad, estigma que arrastramos desde épocas coloniales.Ahí es a donde se deben dirigir y concentrar nuestros esfuerzos. Ese es el verdadero cáncer que debemos combatir.Y cuanto antes y de manera más eficiente, mejor. 


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