Decorar el alma

Cuenta una historia que un ocupado y exitoso hombre de negocios decide tomarse unas vacaciones. Escoge una playa lejana y poco concurrida. Meses de mucho estrés lo orillaron a buscar quietud y calma. Mientras camina sobre la arena se topa con un individuo de facha humilde, a todas luces local, acostado y sosteniendo una rústica caña de pescar.El turista, a manera de saludo, le pregunta: “¿Pescando por  diversión?”--“No precisamente”--contesta el lugareño--. “Con lo que pesco me alimento”. El empresario, extrañado, le pregunta por qué no instala más cañas o invierte en una red. “¿Para qué?”, responde con un dejo de apatía su casual interlocutor.“Pues para generar”, sugiere al aldeano,“un excedente de pescado, venderlo en el marcado, puedas ahorrar y quizás el día de mañana comprar un barco o hasta tener tu propia flota”. --“¿Y para qué?”--, insiste con enfadoso desgano el pescador.“Pues para que tengas tu propia empresa, poseas seguridad económica yte puedas acostar en la playa a disfrutar de la vida y ser feliz.” El local, con semblante inmutable, sólo atina a  levantarse el sombrero, mirarlo a los ojos y contestarle: “¿Y qué no es eso lo que hago ya?”Todos queremos ser felices, de eso no hay duda. La discrepancia radica en los cómos. Cuando creemos que hemos alcanzado la felicidad nos damos cuenta que el momento es efímero; nos acostumbramos tanto a ella a tal grado que ya no la sentimos.Richard Thompson, profesor de la Universidad de California recientemente fallecido,dedicó gran parte de su vida a estudiar esa escurridiza quimera desde el punto de vista neurocientífico y psicobiológico.Según sus conclusiones, este efecto de habituación, en apariencia negativo, viene contenido en nuestros genes como parte del paquete hereditario de supervivencia. Por una parte, este fenómeno nos levanta del sillón del conformismo y nos obliga siempre a querer más. Si las grandes mentes de la humanidad se hubiesen sentido permanentemente felices con su primer invento, nuestra realidad sería muy distinta a la que vivimos.Por otra, es un efecto simétrico que funciona igual para las cosas malas. Gracias a ello, es posible la recuperación anímica de la persona después de un golpe brutal dado por la vida.Las tragedias no son eternas ni las alegrías constantes,de la misma forma que “los besos no son contratos ni los regalos promesas”, como diría el poeta Jorge Luis Borges. “Y uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores”…Actualmente vivimos mucho mejor que antes. Las comodidades que tiene una familia promedio son infinitamente mayores a las poseídas por la realeza dos siglos atrás; y no hay evidencia que ahora seamos más felices.Vamos a comenzar a disfrutar realmente la vida cuando nos demos cuenta que la felicidad no es una meta en sí, sino una forma de caminar por la vida.Cuando decoremos el alma, pues. 


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