Una clase sin clase

Hace unos meses el acreditado académico Lorenzo Meyer publicó su obra Nuestra tragedia persistente, en la que hace un documentado análisis sobre los complejos e insuperables obstáculos que han impedido que nuestro país, en dos siglos de vida independiente, viva una normalidad democrática en lo social, lo económico y lo político. En su obra, dedica un capítulo a la clase política mexicana de los últimos cien años y la señala como el principal freno, para el mejoramiento de los niveles de bienestar del grueso de la población.

Meyer describe en su investigación la evolución de la clase política del país, desde la de los revolucionarios que relevaron a los porfiristas, hasta la actual, que se nutre principalmente de activos de las clases económicas altas, egresados de instituciones educativas privadas y con posgrados en universidades del extranjero. Él no ve ningún contraste ni diferencia entre los priístas y panistas que han gobernado al país en los últimos 30 años. Una especie de simbiosis oligárquica.

La característica central de nuestra mal llamada clase política es que además de sentirse parte de una élite privilegiada, concibe a ésta, igual que Gaetano Mosca iniciador del concepto, quien consideraba a las minorías gobernantes más capaces y superiores que a las mayorías de los gobernados. En su ensayo Meyer no vacila en afirmar que un indicador de que (nuestra) clase política se considera muy por encima del ciudadano común, es la naturalidad con las que se otorga y recibe privilegios económicos.

Son muy abundantes los ejemplos que con nombre y apellido, el citado autor ilustra los casos de abuso de poder, frivolidad, mediocridad y corrupción que caracteriza a nuestros gobernantes, los que además de carecer de capacidad para encarar y resolver los problemas, adolecen de sentido de la realidad. Botones de muestra siguen surgiendo a diario; es el caso del gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, cuya notoriedad se debe a que con el dinero de la gente de uno de los tres estados más rezagados del país, acaba de gastar más de cien millones de pesos en difundir en la Ciudad de México su imagen, pensando en la próxima candidatura presidencial. Por ello, es innegable que sigue ahondándose el divorcio entre la gente y la clase política, porque tenemos una clase de políticos sin clase.