Réquiem del IFE

El 3 de abril del 2014 consignará la defunción del Instituto Federal Electoral y el nacimiento del Instituto Nacional Electoral. La vida del IFE, concebida por la creatividad del legislador jalisciense José Luis Lamadrid, se agotó en sólo 23 años y estuvo marcada por claroscuros. Un alto grado de aceptación en la opinión pública en sus primero años, con resultados poco cuestionados de los comicios presidenciales de 1994 y del 2000, bajo la conducción de José Woldemberg.

Y el contraste, la integración marcadamente bipartidista (PRI-PAN) del segundo Consejo que presidió Carlos Ugalde, el desenlace la elección presidencial más cuestionada de nuestra historia, la del 2006, y una honda fractura nacional. La última de esas elecciones, hace dos años, tampoco se libró de señalamientos de parcialidad e inequidad que terminaron favoreciendo al candidato priísta.

En esos vaivenes, la credibilidad y la confianza (valor central de todo órgano electoral) de la gente en el IFE se evaporó. Dos encuestas publicadas estos días dan cuenta, por un lado, que la mayoría de los ciudadanos le había retirado su confianza, y por el otro que el IFE distaba mucho de cumplir con una de sus funciones, la de contribuir mediante la capacitación y educación cívica a la cohesión y a la construcción del capital social, que son activos importantes de los sistemas democráticos para atender los problemas públicos.

El grupo Reforma publicó ayer una encuesta nacional en la que el 50 por ciento de los ciudadanos expresó no tener confianza en el IFE, y una franja del 52 por ciento dijo que el INE no les inspira credibilidad.

El propio IFE, en coordinación con el Colegio de México, dio a conocer el pasado martes el primer informe país sobre ciudadanía y democracia en México, el que revela nítidamente la falta del fortalecimiento ciudadano y su desencanto de las instituciones, reza el documento en cuestión, “tenemos una ciudadanía en proceso de maduración que se siente aún alejada de su gobierno y tiene bajos niveles de participación”.

Es evidente que la sola sustitución del IFE por el INE no significa que termine el recurrente viacrucis que siempre ha significado en México la ausencia de una autoridad electoral imparcial, independiente y sobre todo confiable. Ojalá que quienes hemos vaticinado una tarea poco halagadora al INE, nos equivoquemos, me alegraría de ello.