México, país sin ley ni orden

A mi amigo, Francisco González García.

Toda muerte o desaparición de una persona representa una gran desgracia para la familia, sus amigos y en general para la comunidad que lo rodea. Pero la tragedia se amplifica cuando las circunstancias de la muerte de un ser querido permanecen en el misterio. Cuando no hay un cuerpo que despedir, ni honrar. Hace días, Ricardo Esparza Villegas, un estudiante del CULagos, apareció muerto en Guanajuato en circunstancias por lo menos extrañas que involucran a policías locales.

El muchacho, que había ido al Festival Cervantino acompañado de sus amigos, fue retenido por miembros de las Fuerzas de Seguridad Pública del Estado de Guanajuato y encontrado muerto un día después con una contusión en la cabeza.

Posterior a la infortunada declaración del Fiscal de Jalisco, quien dijo que lo ocurrido se basaba en “chismes” (descalificando la opinión de los testigos), la comunidad universitaria reaccionó exigiendo justicia y pidiendo que se aclararan los hechos lo más pronto posible.

“Las atrocidades registradas en Iguala muestran cuán lejos está México de ser un país de leyes y cómo el combate a la impunidad es tan necesario como las reformas económicas para la modernización del país”, resumía el influyente The Economist, mientras que el Financial Times afirmó: “Lo que sí sabemos es por qué las desapariciones ocurrieron: porque los perpetradores pensaron que no tendrían consecuencias”.

Si en México un joven aparece muerto de un día para otro o 43 normalistas son desaparecidos del mapa, son hechos que ocurren porque los asesinos saben que pueden hacerlo sin recibir castigo.

Históricamente, México ha sido el paraíso de la impunidad, un país donde menos del 1 por ciento de los asesinatos se esclarecen. Por eso, la multitudinaria marcha en Guadalajara del pasado miércoles, que reunió a más de 20 mil personas, mandó un mensaje claro a las autoridades sobre la sed de justicia que existe en la sociedad y el hartazgo ante los hechos de atrocidad y el abuso.

El caso de Ayotzinapa y el del muchacho del CULagos, aunque distintos, ejemplifican el estado de descomposición de un Estado incapaz de garantizar la ley y el orden. Si México se quiere realmente modernizar, debería empezar por ahí.

Posdata: Un abrazo solidario y mi afecto invariable a Francisco González con quien me une un añoso aprecio y compañerismo.