Columna invitada

Huracanes, riesgo y omisiones deliberadas

Hace aproximadamente un año, las lluvias producidas por la interacción de los huracanes Ingrid y Manuel, dejaron en el país una destrucción valorada en 38 mil millones de pesos, y la pérdida de casi 200 vidas humanas.

Aún no cesan las lluvias dejadas por el huracán Odile en el sur de la península de Baja California y los estados del noroeste, y las imágenes de destrucción continúan llegando vía la prensa y redes sociales. Además de inundaciones y daños en la zona costera, asentamientos ubicados en lechos o cauces de arroyos, fueron arrasados y las pérdidas son difíciles de cuantificar. 

Este año se han formado en el Pacífico mexicano, en tan solo 15 días desde la tercera semana de agosto, tres huracanes que han alcanzado nivel 4 y 5 en la escala de Saffir-Simpson; Marie, Norbert y Odile. Solo Odile impactó tierra el domingo pasado en la zona de Los Cabos siendo categoría 3, y para cuando este artículo se publique, el huracán Polo estará dando de qué hablar a su paso por el Pacífico central mexicano, y se enfile a la todavía anegada península de Baja California.

En estados como Jalisco y Colima, estos tres huracanes dejaron lluvia de abundante a moderada, y una gran marejada que afectó severamente las playas y alguna infraestructura costera, sobre todo en Armería y Puerto Vallarta. Los vimos pasar con cara de preocupación, y de alivio de ver que su trayectoria los llevó a cientos de kilómetros alejados de nuestras costas.

El 28 de mayo de 2013, el presidente Peña Nieto, urgió la actualización del Atlas Nacional de Riesgos, y por consecuencia la elaboración o en su caso actualización de los Atlas Municipales de Riesgos. A la fecha pocos son los municipios costeros que cuentan con estos instrumentos de planeación. La mayoría tampoco cuenta con protocolos detallados de actuación en caso de huracanes y otros desastres naturales. Esto no es nuevo, desde el final de la pasada temporales de huracanes se señaló esta situación (MILENIO 29/09/2013).

Nuestra memoria colectiva respecto a las tragedias y desastres naturales funciona de manera peculiar; el olvido como mecanismo para contrarrestar al estrés postraumático. No importa si se trata de fenómenos recurrentes y cíclicos, parece que el objetivo es olvidarnos lo antes posible de los peligros que entrañan estos eventos naturales. Como sociedad pareciera tenemos un acuerdo con los medios de comunicación, nuestra demanda de información se centra en la descripción detallada de los sucesos, y la crudeza de las imágenes sirve para remarcar el carácter dramático de los desastres naturales. Sin embargo poca demanda existe de explicaciones técnicas o científicas acerca de las consecuencias de dichos fenómenos, y menos aún de medidas o acciones para reducir o eliminar los riesgos ante eventos catastróficos, sísmicos o hidrometeorológicos.

Nuestros políticos y los responsables de la gestión de la seguridad y la protección civil, no pueden olvidarse de la necesidad de contar con instrumentos técnicos como los Atlas Municipales de Riesgos. No pueden olvidarse que los huracanes están siendo cada vez  más destructivos y la sociedad más vulnerable. Sabemos con certeza que un huracán altamente destructivo nos golpeará, solo que no sabemos cuándo, y por esa razón debemos estar preparados, aunque en el fondo no queramos pensar en ello.

Los Atlas Municipales de Riesgos sobre asentamientos humanos, en particular por desastres naturales, permiten identificar zonas vulnerables y establecer mecanismos preventivos para salvaguardar a la población sobre los efectos de huracanes y sismos; sirve para orientar el gasto en infraestructura prioritaria dirigida a (re)encauzar y frenar los golpes de agua y evitar inundaciones o deslizamientos de tierra. También sirve para marcar límites a los Planes de Desarrollo Urbano, y evitar que asentamientos en zonas de riesgo sigan proliferando, y que la modificación hormiga de la escorrentía superficial debida al crecimiento de las poblaciones, se siga dado, la cual se ha visto llega a tener consecuencias imprevisibles y desastrosas.

No estamos preparados para eventos de este tipo, ya que poco se ha hecho desde el gobierno para cuantificar y aminorar los riesgos que los huracanes nos plantean cada temporal. Con lo cual, no queda más que voltear para otro lado, y tratar de pensar en otra cosa.