Historias con zapatos

Al mal por su origen

Tomando solo como referente a Latinoamérica, se ha dicho que la corrupción y la impunidad son dos de los grandes males que le aquejan e impiden su bienestar. En cada uno de los países que conforman esta parte del continente, en algunos casos, sus agentes, mas no las causas que originaron este proceder, al recibir el castigo personal y la condena social, son utilizados por los gobiernos como ejemplos emblemáticos de actos de purificación que se pregonan como paliativo y sirven para renovar la confianza y aceptación en el ejercicio político del poder.

Resulta evidente que al hacer públicos dichos señalamientos sobre los causantes de los citados males, solamente se toma la parte por el todo, la punta al aire de un peñasco de gran tamaño oculto por el mar; pero es importante hablar de aquello que origina la proclividad para cometer actos de corrupción y quedar, la mayoría de las veces, impune en el castigo de los mismos, pues gran parte de los críticos solamente se lamentan de que esto ocurra y únicamente dan santo y seña de aquellos que los cometen.

Siendo una parte de las acciones que se dan en este sistema económico y social que vivimos, la búsqueda de la ganancia económica personal, no es extraño que al ejercitar el poder político, se contemple esta posibilidad para obtenerla. Los políticos han ocultado siempre esta tendencia bajo un manto de consignas ideológicas relacionadas con la democracia e hipócritamente proclaman a los cuatro vientos que están al servicio del pueblo de manera desinteresada. Y ya teniendo un poder que los transforma, “pierden el piso”como se dice, y ciertamente también, como se ha comentado, viven en una “burbuja” que los aísla,  haciendo lo que a su parecer es lo más adecuado y lo mejor para su beneficio personal. Que lejano y raro resulta ahora lo que buscaban nuestros ancestros para ser reconocidos y poder trascender a su tiempo, como: el honor, el valor y la fama, y tener la certeza de afirmar como lo hizo el poeta Antonio Machado “… dejar quisiera como el capitán su espada, famosa por la mano viril que la blandiera y no por el docto oficio del forjador preciada”.