Historias con zapatos

Del amor y otros demonios

Nadie se enamora de quien debe sino de quien puede”, ésta frase emitida por un ser pensante antes de enamorarse, nos revela la fatalidad que  ocurre en las relaciones amorosas.

El enamoramiento como producto del azar en el flechazo del mítico Cupido, que además de ser un infante sin experiencia y conocimiento de causa, dispara sin mirar a quién, afecta al lóbulo cerebral frontal del que lo recibe, incrementando  sus niveles químicos de dopamina pero disminuyendo los de serotonina, logrando victimar al enamorado a tener un pobre juicio de la realidad y una notable disminución en la capacidad de planeación y visión a largo plazo.

Vale si todo pudiera quedar de la manera anterior, que ocurre de forma personal, donde se  vive el encanto, el gozo  y la pena de amores;  pero por desgracia se ha descubierto que la citada reacción en el cerebro la sufren los afectos a todo tipo de adicciones: alcohol, tabaco, drogas y otras más que se han sumado a la lista de inclinaciones nocivas para el ser humano.

Cómo no considerar a las adicciones un problema de salud pública nacional y dar una atención con carácter obligatorio a las personas adictas que sin juicio y una visión distorsionada de la realidad son fácil presa del narcotráfico, y por lo consiguiente no pueden salir de su situación por sí mismas.

La más mala de las noticias es que entre el 10 y 20 por ciento de los adictos pueden mantenerse de la manera descrita por el resto de sus vidas.

Aunque algunos menosprecian a los enamorados y otros los ven con buenos ojos, es difícil que los adictos al amor dejen de inclinarse por este afecto tan contradictorio, como bien lo escribió el poeta español don Francisco de Quevedo: “Es yelo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente… un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado”.