Historias con zapatos

Calidad y calidez

En una ciudad y un tiempo indeterminados, la muerte de los humanos deja de ocurrir y acontecen una serie de situaciones inusitadas en relación con la culminación de la misma. Desde luego este es un parco resumen  de la  novela “Las intermitencias de la muerte” escrita por el premio Nobel José Saramago.

La lectura de este libro, como uno más de tantos que le dieran fama a Saramago como un magnífico escritor, me hizo pensar  que lo más doloroso y lamentable no es la muerte como una de las pérdidas humanas más significativas, sino las condiciones en que vive la humanidad antes de llegarle a cada uno, su último día de vida. En síntesis,  el factor humano oscila entre dos tendencias que le son definitivas para conseguir un devenir favorable o adverso: “calidad y cantidad” o como lo dijera el psicólogo From: “El Ser y el Tener”.

En efecto, procurar una mejor calidad de vida es el reto que tenemos todos los seres humanos, gobernantes y gobernados. Pues en la novela de Saramago acontece, que si bien uno ya no se muere, sobrevive en determinadas condiciones que marcan el rumbo de una existencia “eterna” porque la muerte ya ha sido cosa del pasado. Y así, si las personas se accidenten, tienen enfermedades incurables o se encuentran agonizantes, ya no morirán;  para vivir, de manera permanente  en la  misma situación que hayan tenido cuando la muerte quedo inactiva, según el relato en ciernes.

El logro de una, ya no digamos excelente calidad de vida, sino una buena vida, va más allá de los recursos económicos y materiales; apunta a una serie de aspectos que se deben atender conjuntamente: salud,  educación,  vida familiar, social y economía. Hacer posible que esto suceda en nuestro país, es una utopía que puede quedar plasmada en sólo en una buena prosa. Porque con la mitad aproximada del total de la población en diferentes grados de pobreza, una baja formación de todos sus habitantes en contra del aprovechamiento de los valiosos recursos culturales existentes,  y un clima de violencia, qué y cómo se puede presumir el llegar por lo menos al umbral donde se pretenda realizar una vida llevadera para todos.

México es un país donde sus gobernantes ocultan y hasta niegan la posibilidad de aspirar a una calidad de vida, manifestando con orgullo sólo cantidades económicas y materiales como favorables para el bienestar de la población, sin que la cantidad de hospitales, escuelas, o carreteras, estén relacionadas con la calidad del buen servicio que pueda otorgar su funcionamiento.

Ahora si determinamos seguir soñando, hay que pedir que junto a la calidad de vida se pueda conseguir calidez en la misma, para que la muerte sea como dice Jorge Luis Borges “Morir es moneda corriente, morir es una costumbre que sabe tener la gente”.