Entre tú y yo

En busca de un árbol

Por qué comparar un hijo con un árbol, porque muchos serían los significados:  los árboles siempre han simbolizado la vida. Empezaríamos pensando que para la semilla necesitamos una buena tierra, fértil y con los suficientes nutrientes, que debemos cuidar después de sembrar para que crezca; y cuando ya estemos seguros que está del tamaño adecuado, otorguemos nuestra sombra, ideal para dar frutos y para soportar las tormentas, para que extienda sus ramas y se haga más fuerte y dé los mejores frutos. Creo que con los hijos pasa igual: primero hay que preparar la tierra para sembrar, esto es que debemos encontrar a la pareja ideal para compartir la vida y formar lo más preciado, una familia a la que guiemos por el camino de la verdad, de la fe y del amor a sus semejantes. Después hay que plantar la semilla y empezará el trabajo más arduo, donde no hay descanso ni parpadeo de ojos, donde cada minuto es una enseñanza, donde la vida no espera y las oportunidades están para tomarlas. Tenemos que trabajar con los hijos en sumar sus valores, en ver lo importante, a valorar, a compartir, a dar sin pedir algo a cambio, a sentirse felices por lo que Dios les da cada día y a no esperar que la vida les dé sin ningún esfuerzo. Estas raíces se irán fortaleciendo para que el tallo y las hojas de nuestro árbol puedan crecer y crecer cada día y hacerse fuertes. A medida que la vida pasa, tendremos que ir enseñando a nuestros hijos como las cosas cambian, las obligaciones, a conocer los verdaderos amigos, saber que los abuelos envejecen y que debemos aprender de los que ya vivieron más, que la vida va dándonos diversas estaciones y climas, que ante los ventarrones tenemos que ser fuertes y firmes, por lo que tenemos que aferrarnos a nuestras raíces, que las tormentas y los malos tiempos no son eternos y que tampoco la vida sería vida sin los sin sabores, que llegará un momento en que este árbol estará listo para estar abriendo sus ramas y cobijar otras plantas más pequeñas, que ya podrá dar frutos. Roguemos a Dios que nos permita ver como nuestro árbol sigue creciendo con el paso de los años y haciéndose más fuerte, para que llegue el momento en que nos cobijen sus ramas, como lo hicimos nosotros en sus inicios, pero que la satisfacción será que hemos preparado un árbol fuerte como el Roble. No podemos dejar de cuidar nuestro árbol para que logremos obtener el mejor resultado.Las variedades son muchas, pero con buenas raíces todos trascenderán: roble, encino, pino, huizache. Dios te da la oportunidad de elegir qué quieres sembrar. Yo un roble, ¿y tú?   



emilu.cazares@milenio.com