Articulista invitado

Construir la democracia

Este es el momento del balance: hay que analizar el trayecto recorrido por el Instituto Federal Electoral, con el fin de observar sus errores pero, especialmente, para aquilatar sus aciertos y darles continuidad.

Norberto Bobbio señaló que la transformación continua es el estado idóneo de un régimen democrático. Su tránsito perpetuo está fincado en valores, mas no en absolutos. Ensayo y experiencia entrelazados explican su dinamismo incesante.

Hace unos días, los mexicanos fuimos testigos de una nueva evolución democrática en nuestro país: el Instituto Federal Electoral celebró su última sesión desde que fuera creado, mientras que horas después el Instituto Nacional Electoral realizó la primera de su joven historia.

El Instituto Federal Electoral nació hace 23 años, a partir de la necesidad de imprimir mayor profesionalismo a la función pública de organizar las elecciones. Su razón de ser quedó acreditada al actuar con autonomía, objetividad, legalidad pero, sobre todo, con imparcialidad y respeto a los partidos políticos y a los ciudadanos. Una institución como esta no fue solo obra de la ley, sino de numerosas voluntades que se comprometieron con la aspiración de la norma y se responsabilizaron de su cumplimiento.

Tuve el honor y la elevada distinción de ser su primer director general. Nueve personas iniciamos las actividades, pero fueron muy pronto agregándose más, lo que enriqueció paulatinamente a este instituto. Entre los muchos retos que enfrentamos, se cuenta el hecho de que se realizó un nuevo padrón electoral y posteriormente expedimos millones de credenciales con fotografía, hecho inusitado hasta entonces. Con el paso del tiempo, este documento se convirtió en la identificación oficial de todos los mexicanos.

A través de la organización electoral fue posible realizar los comicios de 1991 bajo reglas inéditas en aquellos años, además de instaurar el servicio electoral de carrera.

Fuimos objeto de críticas, algunas justas y otras injustas, pero indudablemente desempeñamos una grata responsabilidad en varios sentidos: por la profunda significación política que entrañaba, porque nos permitió conocer las diversas realidades que en yuxtaposición forman a México, por la creatividad que nos obligó a actuar en muchos casos sin precedentes y porque sabíamos que el perfeccionamiento de la democracia electoral constituía un punto de consenso entre la inmensa mayoría de los mexicanos.

Todo esto fue posible gracias a ciudadanos, dirigentes y militantes de todos los partidos políticos, organizaciones sociales, legisladores y autoridades gubernamentales, quienes aportaron su valioso compromiso con uno de los proyectos más lúcidos del México contemporáneo.

En 1995 tuve la oportunidad de volver al IFE como secretario de Gobernación. Fui parte de los procesos que permitieron a la institución abrirse a la participación ciudadana y obtener su autonomía constitucional. Es oportuno observar que este organismo fue pieza indispensable para la construcción y madurez del clima político que permitió consolidar las reformas constitucionales de 1996, encaminadas a dar existencia plena a las nuevas reglas electorales.

Aquellos cambios se dieron en un México sustancialmente distinto al de pocos años atrás: consolidábamos la visión, actual y necesaria, de un país plural que no es, ni puede ser, la versión particular de nadie; la nación no es patrimonio de ningún partido ni resultado de una sola corriente política. La imparcialidad no es hija de la neutralidad política, sino más bien de la aceptación de que nada puede sobreponerse a las razones y a los valores superiores de la democracia.

No es casual que, bajo esta premisa, se incluyera en la organización electoral el deber de la educación cívica, enseñanza que muestra la importancia de conocer y respetar las normas, los valores y las pautas de comportamiento que entraña la cultura política. De esta forma se fortalece la conciencia democrática y se establece el camino mediante el cual, en diálogo constante con el gobierno, la sociedad participa activamente en la toma de decisiones.

Se entiende, entonces, que con ánimo democrático el Ejecutivo federal impulsara antes que la reforma electoral una reforma educativa, pues la formación no es solo un derecho humano, sino un verdadero habilitante para el ejercicio de todas las demás garantías constitucionales.

Este es el momento del balance: hay que analizar el trayecto recorrido por el Instituto Federal Electoral, con el fin de observar sus errores pero, especialmente, para aquilatar sus aciertos y darles continuidad. De cara a las importantes transformaciones estructurales emprendidas por el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, el nuevo órgano debe asumir un espíritu libre y crítico, aunado a una profunda vocación democrática que mantenga en pie los logros alcanzados.

El Instituto Nacional Electoral no parte de cero. Por el contrario, su marcha inicia a partir de un formidable legado construido gracias a las aportaciones y el compromiso de muchos hombres y mujeres durante la existencia del IFE. Si bien nuestra democracia ha madurado y se ha fortalecido durante las últimas décadas, las exigencias del país y de los mexicanos hacia el nuevo instituto no dejan de ser, en esencia, las mismas. Es fundamental que en el nuevo Instituto todas las diferencias se expresen en absoluta igualdad de condiciones, sin ventajas, sin complicidades, sin prejuicios ni decisiones audazmente inconsultas.

Vivimos un tiempo de cambios. Es preciso transformar, no solo corregir; ser reformadores, no solo reformistas. Tenemos en puerta una de las tareas más difíciles desde distintas trincheras: refundar instituciones para generar personas más libres. La fuerza de la democracia se fragua en la vitalidad de sus instituciones, en la participación activa de sus ciudadanos, en su capacidad para adaptarse a las necesidades que los tiempos le imponen. El movimiento y la transformación, sin duda, muestran un auspicioso futuro democrático para México.

*Secretario de Educación Pública.