Ahora que me acuerdo

Los privilegios de mirar La fotografía de Eduardo Avendaño III

En su indispensable “Libro de los Abrazos”, Eduardo Galeano cuenta la ocasión en que Diego, hijo de Santiago Kovadloff, vio por primera vez el mar: Cuando el niño tuvo de frente aquel horizonte, cuando estalló ante sus ojos, fue tanta la inmensidad y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando al fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: —¡Ayúdame a mirar? Yo creo que Eduardo Avendaño, asiste al mundo con esa misma capacidad de asombro, por eso se hizo fotógrafo: para intentar detener el instante vivo al que sus ojos acuden, cuando el cosmos insondable, se abre como el día soleado después de una noche de tormenta. Además, y es posible que aquellos que lo conocen compartan mi opinión, la sorpresa de Eduardo ante la vida, se la debe por mucho, al niño interior que lo habita como hombre y como creador. Yo lo juro: este fotógrafo es un niño de 30 y más años, que desde su cámara recoge a pedacitos, el milagro que nos circunda.

Lo conocí en mayo de este año, en el festival comunitario de un pueblo de Tlaxcala, a donde el gusto de compartir nuestros pasos nos había llevado. Él parece que habla poco, y digo que parece, porque en esa charla, como casi siempre, yo no paraba de hablar, por lo que poco lo escuché; pero cuando vi sus fotografías, me di cuenta del gran torrente con el que habla desde las imágenes captadas por su lente. Me impresionó sobre todo esta capacidad que tiene para captar el momento en que la luz y las sombras cohabitan y se derraman largo, en un regato interminable de poesía.

Hace unos días, Lalo me contó por Facebook: En casa, mi padre tenía una cámara análoga, una Yashica, con la que siempre fotografiaba a la familia. De vez en cuando la sacaba y nos mostraba las fotos familiares, contándonos sus historias tal como él las recordaba. Yo miraba la cámara con inquietud… Así pasaron varios años, hasta que un día, mi amigo Ricardo me invito a un taller de foto donde el requisito básico era tener una réflex, y en mi cabeza, comenzó a dar vueltas aquello de la foto y sus prodigio delirantes. Siempre me ha fascinado mi entorno: colores, formas, texturas; sobre todo los tonos del atardecer y los paisajes. Todo sucede en un instante, la vida nunca se repite igual, y yo he estado ahí para contemplarlo, pero antes de la cámara, sólo podía guardar esos abrires y cerrares de ojos en mi memoria, por eso decidí aceptar la invitación al taller de foto en la UAM Xochimilco. El primer día ya llevaba mi cámara, heredada por mi papá; yo iba dispuesto para descubrir un nuevo mundo. ¿Qué me produce hacerlo? En ese momento en el que están sucediendo las cosas, cada momento es determinante para dejar testimonio del tiempo y sus protagonistas detenidos.

Mi proceso creativo Inicia desde que me levanto; siempre llevo una cámara conmigo. A donde quiera que vaya, estoy pendiente de lo que hay, de lo que sucede a mi alrededor. Donde el prodigio de la vida ocurre, ahí busco que esté mi cámara lista para suspender el turno.

Yo asumo este oficio por convicción, por la pasión que me provoca capturar en una foto las huellas de una realidad a la que asisto como testigo de cargo, como cronista de mis pasos por el mundo. Henri Cartier-Bresson dijo “Para mí, la fotografía es situar la cabeza, el corazón y los ojos en la misma línea visual. Es un estilo de vida”. Yo vivo desde lo que mis ojos descubren, desde lo que mi cámara atrapa; entre estos dos postigos, está la ventana desde la que me asomo para que sean revelados los misterios, y el estanque luminoso donde me reflejo y contemplo al que soy cuando miro el mundo.

Cuando Eduardo mira, lo hace con los ojos de un chiquillo que va por primera vez a mirar los acróbatas del circo. Su obra está plagada de México: los rincones, su gente, sus noches largas cuando nadie duerme. Pero no es necesariamente un creador nacionalista, sino un atento receptor de los sucedidos que lo cercan mientras pasa la vida; Eduardo contiene la memoria en imágenes que reinventan, reconstruyen este mundo en la posibilidad infinita del artista que nos dice que aún es posible la esperanza. Hoy, este rapsoda vive muy cerca de las luciérnagas del campo, será acaso porque sabe bien que su destino, como el de ellas, es el de iluminar.

Jamädi…