Ahora que me acuerdo

De poetas y minificciones…

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Hace apenas unos días, en defensa de los versos del italiano César Pavese, el poeta Jorge Contreras me señaló el error que cometí al no declarar la propiedad literaria del título de mi nota del pasado 3 de octubre: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Quisiera primero disculparme por la omisión, pero debo confesar también que, a pesar de que conozco el poema sobre el que pesa la observación de Contreras, mis referentes son menos elevados que los de él, pues yo en realidad estaba citando la canción de Andrés Calamaro, que así se llama y dice. Los que me conocen saben que muy probablemente, la presencia más fuerte en mi biografía sensorial, venga más de cantores y poetas menos laureados, tal vez también menos celebrados por los conocedores; absolutamente fuera de lo que Martín Rangel llama “el canon”.

Recuerdo una película donde una profesora de literatura, en una prepa gringa, le pregunta a un compañero, para planear su clase del día siguiente, por su poema favorito de Dylan; él contesta que sin lugar a dudas, es la letra de “Blowing in the wind”. El profesor cuestionado no se percató de que en realidad su colega preguntaba por la obra de Dylan Thomas, el imprescindible poeta muerto en Nueva York, el 9 de noviembre de 1953. Creo que yo hubiera contestado igual, porque aunque mucho disfruto la poesía de Thomas, se bien que mi cabeza hubiera pensado primero en Bob, al escuchar Dylan. Esto no quiere decir que desdeñe el “canon”, sino que mi corazón a veces apunta a horizontes menos selectos, pero muy entrañables.

Por eso, si me preguntan por mi poeta mexicano favorito, diré sin dudarlo que es el mejor que ha dado esta tierra: San José Alfredo Jiménez, el Rey. Razón por la que, y no me lo tomen a blasfemia, “estoy promoviendo una campaña, para levantar firmas y pedirle al Santo Padre que nos lo beatifique, porque un hombre apasionado como él, se merece por lo menos, estar en medio de las once mil vírgenes”.

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Quiero contarles, por otro lado queridos lectores, que estos últimos días he estado compitiendo en un concurso de minificciones que convocara la Dirección de FOMENTO DE LA LECTURA DEL CECULTAH, mi compañero más cercano en el certamen, se me acerca cada vez más en número de votos. Y cómo no, si su cuento es muy bueno. No sé si al final yo tendré suficientes puntos para ganar, pero agradezco a todos los que han votado por mí. Sus votos no hablan necesariamente de la calidad de mi texto, lo que sí confirman es que tengo muchos amigos a los que “le adeudo la ternura”, que aún creen en mí y se toman el tiempo de leerme, trayéndome de golpe montones de esperanza, hasta esta casa vacía donde todavía mi corazón late enamorado. Mi corazón está en deuda, por su solidaridad, mucho más allá del “me gusta” en el cuento. Mi abrazo a todos los participantes; algunos de ellos son también muy queridos amigos con los que hemos compartido algo más que palabras.

La convocatoria ha previsto que los textos participantes hablaran de amor y revolución. Mi cuento va de la muerte que el amor ahuyenta de mi lecho, y de revolución, porque nada en la vida es más revolucionario que el acto de amar. La mujer a quien está dedicado este cuento, le ha encendido las luces a mi casa, y en este momento, sus ojos, detrás de sus lentes, me iluminan con más vida, en la esperanza bendita de que existan muchas más noches como esta, en la que me sienta querido y apoyado por la gente que amo. Para ella son mis mejores palabras, y para mis amigos, que hacen que mi corazón descanse en la esperanza de vivirla, vivirlos y vivirme.

En este momento, la brecha es muy corta entre Axel Chávez y yo. Mañana cuando el periódico salga a la venta, las votaciones seguirán, y en punto de las 4:00 de la tarde, conoceremos al vencedor, que probablemente sea uno de los dos.

Sin intentar un análisis innecesario de nuestra obra, puedo afirmar que ambos tenemos por lo menos algo en común: muchos amigos. El vencedor se llevará un paquete de libros como galardón, pero los dos ya hemos recibido un premio mayor: la seguridad del sustento milagroso con que nuestros amigos nos distinguen.

Axel Chávez, desde esta casa arrodillada en los suburbios de Pachuca, te mando un abrazo y mi felicitación por la altura de tu pluma y de tus letras, pero sobre todo por ser digno del cariño enorme de los amigos que te han acompañado en esta jornada. Mi voto es por tu palabra y por la de los demás compañeros que “contaron con nosotros” en el muro.

Jamädi…