Ahora que me acuerdo

De lloronas y charros negros…

Por el recuerdo de mejores días de muertos, sentados a la mesa con chocolate caliente, para escuchar los cuentos de espantos de la boca de mi abuela, van estos dos tal como los recuerdo desde la cercana palabra de mis mejores muertos:

Los Charros del Puente

Hace ya muchos años, los músicos de la orquesta de los Mejía, regresaban de tocar, ya muy tarde, de una fiesta en el pueblo de Tasquillo; venían a lomo de mulas y algunos caballos prestados por los mayordomos del lugar. Las botas de pulque y las botellas con que habían sido obsequiados en el agasajo, hacían más soportable la boca de lobo que era el camino de regreso a Ixmiquilpan. Venían eufóricos, cantando y silbando marchas y tonadas románticas de aquellos años.

Pasaron las últimas casas de La Otra Banda, cuando alcanzaron a divisar un extraño resplandor camino del puente viejo. Al llegar a la curva que desemboca en el río, vieron que en la ribera había una muy animada fiesta de charros, a la que sólo le faltaba la música viva. Había en el jolgorio, gente de apariencia respetable y apuesta: puros señores elegantes, de finos trajes e impecables maneras. Uno de estos señores, al mirarlos pasar, se acercó con la intención de contratarlos para animar el festejo. Al acordar la paga, los músicos comenzaron a tocar; y en ese momento apareció, de nadie sabe dónde, un grupo de muy distinguidas y bien vestidas señoritas, que rompieron el baile con los charros aquellos.

Después de estar tocando por espacio de una hora, sin descansar, uno de los músicos, se dio cuenta de que, tanto las muchachas como los charros aquellos, tenían patas de chivo, como las que dicen que tiene el diablo; asustado por lo que sus ojos miraban, soltó su instrumento, se santiguo y gritó: ¡Ave María Purísima! Al instante, los charros, las muchachas y la fiesta entera desaparecieron. Del Susto, los músicos perdieron el conocimiento; dicen que fueron a aparecer en la madrugada del 2 noviembre de 1930, todos golpeados, revolcados y sin instrumentos, allá por el rumbo de San Nicolás.

Por eso hay que tener cuidado; dicen que los charros aquellos se aparecen de noche, en una carreta, y que preguntan por una banda que toque recio, para animar unas fiestecitas, que de vez en cuando, se suelen organizar en el pedacito de infierno que colinda con el barrio de La Otra Banda, justo en la orilla norte del puente viejo.

La Llorona

Cuentan los que saben de esto, que hace muchos años en el bario de La Otra Banda, vivía una familia, a la que podríamos llamar normal, común como es el caso de muchas por acá; hasta que un día, llegó a vivir al pueblo una mujer de rara belleza. Nadie sabía de donde había llegado, pero desde su arribo, causó el escándalo entre las damas respetables, por su forma de vestir, de caminar y de mirar; pero sobre todo, por lo que provocaba en los hombres.

Don Camilo, el señor de la familia en cuestión, quedó prendido de la recién llegada, desde la primera vez que la vio, cuando pasó frente a la milpa que trabajaba, en la orilla del camino que lleva a Panales. Ella lo enamoró de una mirada sola. Dicen que echaba lenguas de fuego por sus pupilas, y que cuando caminaba no tocaba el piso.

Don Camilo y la mujer aquella, tenían sus amores en lo escondido de las veredas y las milpas que dan al puente. Cuentan que, puesta al tanto por las habladurías de la gente, Doña Blanca, esposa de Camilo, tomó a sus dos hijos y agarró camino con la intención de caerles con las manos en la masa. Detrás de una nopalera los encontró; cegada por la rabia, corrió con sus hijos hasta el puente, y desde lo alto, los arrojó, ante la mirada atónita de su marido y la risa macabra de la fuereña. Unos arrieros que por ahí pasaban, alcanzaron a ver cómo Doña Blanca se arrojaba detrás de sus hijos a las aguas del río, mientras Camilo corría como loco entre la nopalera. Nunca se supo más de él, ni de la fuereña. Pero cuentan que por las noches, se oye a Doña Blanca gritar por sus hijos, mientras busca venganza entre las mujeres de falda corta y zapato ligero, y los hombres que como gatos tragones, teniendo carne en casa, sale a buscar ratones.

Tengan cuidado si la escuchan; escóndanse, póngase la camisa y los calzones al revés, encomiéndense a la Virgen de San Juan, y guárdense bajo 7 candados y una palma bendita. Pero si la ven, pierdan toda la esperanza, es seguro que la madre de ustedes, tendrá que penar como ella, gritando por las noches: ¡Ay, mis hijos...!

Para Zyanya Mejía Nambo