Ahora que me acuerdo

Se llamaba Josefa y era mayo…

Se llamaba Josefa, pero decía llamarse Josefina, como su madrina de bautizo, aunque prefería ser nombrada simplemente doña Jose. Me enseñó a leer y escribir con un viejo “Libro Mágico” que compró en alguna librería de la calle de Donceles, en la Ciudad de México. Todos los días tenía una nueva lectura sobre la que conversaba y desde la que siempre le resultaba algún dato extraño o cientos de preguntas complicadas sobre las que no le cabía duda, habría qué leer más. Después de la lectura formaba sus teorías, que parecían más haber venido de un libro de ciencia ficción que de uno de biología, religión o historia, que eran de sus favoritos. Amaba también leer novelas de misterio y libros sobre los egipcios y judíos. Devoraba todo lo que encontrara sobre mitos, leyendas y los secretos de las pirámides y Quetzalcóatl. También amaba a Nervo y García Lorca. Me enseñó a recitar con los versos de Bodas de Sangre, y era profundamente feliz cuando me escuchaba contar cuentos o cantar corridos y canciones de mi pueblo. Un día, mientras yo actuaba en San Juan, ella se durmió para siempre, guardando en sus manos un ejemplar viejito de “Debe Amanecer” de Juan Sanchez Andraka, que fuera la primera novela que leí cuando era un jovencito que estudiaba la secundaria. Se fue, llevando en su paladar los últimos tragos de una Coronita que le llevé antes de la despedida. Supe que había muerto por una llamada que llegó en el segundo en que estaba por subir al escenario a cantar las canciones de José Alfredo y Cuco Sánchez que siempre acompañaron sus mañanas de trabajo y sus noches de nostalgia, entre puque bueno y gordas de masa martajada con salsa roja picosita. Ella era mi abuela. Fue mi mejor maestra y me enseñó a amar los libros, mi tierra, la música, y me fundó unas ganas inmensas de cantar para salvar la noche oscura. Era, mi abuela, mayo y era mi cumpleaños.

De muchos modos “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”: ella está muerta y yo sigo intentando ahuyentar a la muerte del lecho de mi encierro, pero sobrevive inalterable la esperanza, el ejemplo de mi abuela lectora y el recuerdo glorioso de días en los que me faltaban muchas cosas, pero abundaban palabras, libros y los mil modos del afecto de una familia que tuve hace ya muchas lunas y que hoy ya no existe.

Mi cerebro comienza a “hacer agua por todas partes”, pero de a poco, voy juntando mis pedazos, y aquellos años, siguen siendo fundacionales, porque lo mejor de lo que soy, se lo debo (en principio) a aquellas tarde bajo el cielo de mi pueblo escuchando leer y platicar a mi abuela sentada frete al fogón.

No sé si puedan imaginar lo feliz que me siguen haciendo el ejemplo lector de mi abuela y el recuerdo de sus lecturas y sus pláticas interminables sobre los mundos imposibles sobre los que su hábito con los libros, le hacía construir con lo mejor de sus sueños de mujer de buenas palabras, la esperanza larga con la que me nutrió las ganas de leer y de escribir. Nada se compara al placer y el orgullo de mirarla desde la memoria, con los mismos ojos con que la veía el niño que fui. Mucho de aquel flaco pueblerino, sobrevive terco, aferrado a la vida, en este cuerpo que aunque tambaleante, aún se sostiene de pie, y el bastón que ahora me acompaña, no es sino un “toque de abolengo” que he querido agregarle a esta adolescencia larga, en la que comienzo a peinar canas y albergar cangrejos en mis huesos y mi hogar, pero resistiendo, gracias al recuerdo.

A mi abuela, la quiero, mucho más allá de su muerte y de mi vida. Nada cambiará eso. Como tampoco cambiará ella, en la alta distancia donde seguro seguirá leyendo, platicando e inventando historias y siendo ella, la mejor, la más grande, la que una y mil veces me enseñó a soñar desde las raíces y las alas que fundó en mis desde sus libros y su amor.

Hoy que aún es mayo, recuerdo a mi abuela y su legado; a mis amigos, espero verlos alguna vez por esta casa pequeñita, en la que cuando me asomo por la ventana y miro el cielo, veo a Mefistófeles alado cruzar el infinito azul, en los lomos de un caballo que no deja de comer jardines y deponer pétalos de rosa y sal, para engalanar la mesa donde, desde el recuerdo, la vida sigue siendo posible.

Jamädi…