Ahora que me acuerdo

Los libros que espero II

Jorge Skinfield

Conocí a Jorge primero como teatrero, después como cuentacuentos, y ahí, desde ese oficio de señor de la palabra en voz alta, conocí al poeta, aunque no escribe sólo poesía, sino también es un delicioso narrador que desde sus cuentos nos entreabre la puerta de su intimidad para mostrarnos a un pachuqueño apasionado por aquello con lo que un hombre se rinde o se levanta, según venga la vida.

El gran escaparate de las redes sociales, me ha permitido leerlo casi a diario, porque venga como venga la vida, el buen Skinfield nunca deja de abrirse a las musas, ni las musas a él. La palabra se le ha vuelto vocación y destino, y desde ese sino, desprovisto (y qué chingón) de los caireles propios de la academia acartonada, pero con pluma certera, estoca con urgencia lo que en el corazón le bulle.

Jorge es sin duda una especie de cronista muy humano de esta ciudad pachuqueña, pero nuncamente desde la historia oficial, sino desde lo humano y lo terrenal. Sus cuentos “tiran barrio”, son ley y detallan con “ardiente impaciencia”, amores y deshoras que a muchos nos fundan espejos y caguamas. Su poesía, espero alguna vez oírla perifoneada por las calles de esta airosa capital, que ojerosa y pintada en tuzobuses, pintada en las paredes como “acción poética” signando los amores de la gente que pase y se mire en ellas. Lo espero así, porque estoy convencido que cuando los poemas de Jorge pasen de mano en mano, terminarán de boca en boca por los rincones más íntimos de esta ciudad arrodillada. Yo pienso que si alguien puede llegar a ser el poeta que nos nombre en Pachuca, ese es el maestro Skinfield; por eso y mucho más, desde esta columna, lo urjo a publicar en físico su palabra. Cuando eso suceda, yo pondré un 12 de caguamas para brindar por la poesía de un chingón con apellido de abolengo platero, nombre de santo que ya no es santo, y corazón de caballero andante; el soundtrack correrá a cargo de José Alfredo, Daniel Santos y José José. Salud…

Myrna Vargas

En la fosforescente década de los ochentas la conocí; fue mi compañera de grupo, y para entonces ella ya se movía como pez en el agua, por los lenguajes de la danza, la música y el teatro. Myrna es sin duda un referente obligado en la escena artística de Hidalgo, y no sólo como ejecutante, sino también y de manera ejemplar, como creadora y docente; recientemente recibió un reconocimiento por sus años de servicio frente a grupo en el instituto de artes de la UAEH. Varias generaciones han abrevado del caudal que en ella rebosa; su mano se nota en la carrera de sus alumnos, pues no sólo transmite conocimiento y disciplina, sino la profunda pasión con los que asiste a sus oficios luminosos, en los que Myrna es una chamana mayor.

Siempre supe que detrás de sus espectáculos estaba su pluma, incluso la sabía autora no sólo de la música sino también de la letra de varias muy buenas canciones, como “La verde palma”, con la que obtuviera un importante premio en un certamen nacional, hace algunos años. Pero hasta hace relativamente poco, conocí su extraordinaria obra en verso. Myrna se ha nutrido, gracias a sus afectos, de una hacienda enorme y multivocal de influjos, desde donde la poeta que la habita, derrama sílaba a sílaba, las rimas y figuras con las que se puebla de duendes andaluces y pachuqueños, cargados de bendita negritud. Sus raíces son un sello sobre su corazón, una marca sobre su brazo y los signos de la sangre que la mueve; y esa misma sangre, se le pone en el papel como tinta gozosa, con la que décimas y coplas toman vida, porque su palabra carga vida en abundancia. Lo digo así, pues sé muy bien que el poeta comparte con el “señor y la señora que nombraron las cosas”, la tarea de poner nuevecito el mundo, cada vez que amanece tierra adentro y sobre las aguas grandes de donde vino la voz.

Myrna ha grabado algunos discos, varios de sus espectáculos han encendido los escenarios aquí y muy allá, pero sus versos sólo nos han llegado desde la oralidad. Desde aquí, y con amoroso reclamo, la urjo a publicar para compartir la palabra con el respetable que ha aplaudido muchas veces su canto y sus alquimias.

Jamädi…