Ahora que me acuerdo

Ye ‘behñä

Lovers go home…

Si las calles de Isabel la Católica y Madero pudieran hablar, contarían que fui feliz… Casi todas las tardes, después del trabajo, Tania me acompañó a caminar el trecho que me separaba del lugar donde tomaba el trolebús para volver a casa. El centro histórico de la Ciudad de México siempre ha ejercido un poderoso sortilegio en mí. Pero el verdadero milagro ha venido de ella, una cómplice con la que me he asomado al mejor de los mundos imposibles, cuando de su brazo elijo la vida, y salgo a la noche sin miedo y con ganas de que no amanezca. Ella es hermosa, como la virgen del rosario, pero con una pizca pequeñita de carnaval que la vuelve prodigiosamente humana. Tania es mi hija, no de sangre ni de carne, pero sí de ese raro portento que a veces los humanos construimos desde la amistad, para ligarnos en un abrazo que nos nombra, en la familia que somos, cuando nos reconocemos desde la mismidad que nos procura el encuentro. Hemos caminado muchas veces ese mismo camino, de la mano, y con la bendita ocasión que nos brinda sabernos seguros, en una suerte de fidelidad con la vida.

Mario Benedetti escribió: Ahora que empecé el día/volviendo a tu mirada,/y me encontraste bien/y te encontré más linda. Y yo siempre estoy bien si vuelvo a la mirada de mi hija.

Ahora que por fin/está bastante claro/dónde estás y dónde estoy. Hoy anochezco en otra ciudad, pero traje conmigo la palabra de Tania, sus notas para explicar que hay helados de vainilla que también salvan la vida, y que de su mano, el camino siempre es seguro para mí…

Sé por primera vez/que tendré fuerzas/para construir contigo/una amistad tan piola,/que del vecino/territorio del amor,/ese desesperado,/empezarán a mirarnos/con envidia,/y acabarán organizando/excursiones/para venir a preguntarnos/cómo hicimos. Mi historia con las mujeres de mi vida es multivocal, pero Tania siempre tendrá un lugar en mi corazón, igualito al de mis hijos de sangre. Bendigo a las palabras que nos unieron; nunca mi poesía ha tenido mejor ocasión que aquella en la que en la plaza del reloj, se hizo canción en la boca de esta niña-mujer que ha sabido levantarme razones para la esperanza. Ella también es de aquell@s a quienes les adeudo la ternura… Ella sabe nombrarme para resistir.

La mujer que fue Inés

Mejor no hablemos, no servimos para eso; contigo soy inútil con las palabras. Es como si todavía no se hubieran inventado las palabras que necesito. A veces el cielo es tan grande y me siento tan poca cosa en la noche… (Sandra Cisneros).

A ella la conocí de frente hace apenas unos cuantos libros, pero la presentí desde los años de mi adolescencia. Su nombre apareció una tarde pachuqueña, en que escondido en la bodega donde mi padre guardaba sus libros, la hallé espléndida entre las líneas de un poema antiguo que venía, entre jade y plumas, de la gran Tenochtitlan, donde hace siglos sus labios pronunciaron conjuros hacedores de agua.

Una tarde del 2007, ella se supo mexicana, mientras el viento le traía noticias del imperio sobre la pirámide donde los atlantes resguardan la señal del Coatepantli.

Ese día me habló de los ojos de Zapata: él había comenzado su sueño revolucionario, y fue a buscar a Nicolás, el hijo que le nació Inés Alfaro.

Aquella noche sería la última que Inés y Miliano pasarían juntos. Ella se quedaría en vela la noche entera, cuidando el sueño del general, porque cuando el gallo anunciara el nuevo día, Zapata se iría para siempre de su vida, hacia la revolución en marcha, hacia la MUERTE…

Esa, su última vez, fue la ocasión de todas y cada una de las palabras no dichas, de las historias, los recuerdos y los besos del adiós nunca nombrado. Y ahí, Inés, Emiliano, las mujeres y hombres de esa y todas las épocas; de esa y todas las noches en las que un hombre y una mujer están juntos por última vez, todo eso fue dicho, para que constara… Dichosos aquellos que pueden decirse adiós mientras se miran cara a cara y pueden decirse lo pendiente, lo que no puede esperar a decirse desde lejos, mientras caen nardos y puños de tierra con sangre arrodillada.

Hoy, la mujer que fue Inés, vive muy lejos, pero sabe que cuando la nombro, me es posible mirar un águila y un hornero fundar el horizonte, ahí donde los pasos más viejos levantaron la ciudad de los palacios…

 Jamädi…