Ahora que me acuerdo

Vivir Mata

Cuando mi madre enfermó de cáncer, una señora rica, vecina de mi pueblo, que se dedicaba a ondas de veganismo y new age, insistía en que el cáncer era una enfermedad del alma; que te daba por guardar rencor y una larga lista de males del espíritu. La señora afirmaba que por eso ella se dedicaba a cultivar su corazón y la “buena onda”, además de llevar una alimentación sustentable y amable con su entorno. Decía que amaba al mundo entero, que nunca le había guardado malos sentimientos a persona alguna; y por lo menos, así lo parecía. No puedo negar o afirmar la honestidad de sus intenciones; yo no tengo el poder de mirar el aura de mis congéneres como ella, pero a mí, que miraba a mi madre sucumbir ante el embate de los tumores que la colmaban, me sonaba a condena y recriminación malsana. Hoy, con toda su buena onda, su rencor nunca guardado y sus costumbres alimenticias y espirituales, la señora aquella se encuentra en la etapa terminal de un cáncer metastásico que intentó curar con el arte milenario del naturismo, la purificación del aura y la alineación de sus chacras.

El cáncer es una enfermedad terrible para la que nadie tiene a la fecha, suficientes respuestas. No puedo ni siquiera pensar en el dolor por el que esta señora pasa, pero quisiera saber qué transita por su cabeza en este momento en que a mis ojos, sus teorías se vieron contradichas por una realidad ineludible en la que sus muy elevadas creencias no pudieron hacer algo.

Mi amigo Jesús Cuevas, opina que: La seudociencia y el pensamiento mágico e irracional de muchas (la mayoría) de las llamadas “terapias alternativas”, matan cuando sustituyen a la medicina científica, que tiene sus defectos y limitaciones, pero está fundamentada en conocimientos verificables y no en peregrinas especulaciones “new age”.

Hace varios meses en Xochimilco, acompañé a una amiga a una feria donde un letrero pomposamente invitaba al público a conocer y consumir las tradiciones milenariasde los pueblos originarios del México profundo… Entre artesanías oaxaqueñas hechas en Guatemala y China, puestos de quesadillas y ropa de manta bordada, se levantaba una sección anunciada como “Pabellón de Medicina Tradicional Indígena”. En la entrada del pabellón aquel, se repetía con palabras más, palabras menos, la leyenda del letrero, invitando a probar las terapias ofrecidas con base en las tradiciones milenarias de los pueblos originarios del México profundo… Entré. El espacio estaba dividido en stands donde un cartel consignaba el método de medicina tradicional que se ofrecía en cada uno: alineación de chacras, lectura de tarot, psicomagia, lectura de cuarzos, lectura del aura, terapia de imanes, iridología, terapia de agua como la de Tlacote (agua simple embotellada, a $ 50.00 cada botella de un litro), un sinfín de “naturópatas” de los que abundan en la televisión y la radio con sus compuestos milagrosos que quitan el cáncer, el sida y el dinero; vi también a varios “chamanes” vestidos de blanco con tiras bordadas en rojo, alrededor de la cintura y la cabeza.

Haciendo cola, había varias docenas de preocupados y esperanzados enfermos que buscaban alivio para sus males. Al ver los ojos de aquellos que ahí procuraban respuestas, no pude sino dolerme ante el engaño al que estaban dispuestos. Vi de todo, menos las citadas tradiciones milenarias de los pueblos originarios del México profundo… Vi también un grupo de ladrones vestidos de blanco con cintas coloradas: ¿chamanes? No. Ladrones.

No niego la posibilidad infinita de que en la sabiduría milenaria del pueblo, se encuentren respuestas a las grandes interrogantes de este mundo contemporáneo, donde nada mata más que la vida misma, pero esa runfla de charlatanes que va por la vida vendiendo panaceas elaboradas con aguas benditas venidas de la llave de su casa, sólo le abonan muerte al anhelo de aquellos que soñamos con alargar nuestros pasos por la vida.

He visto a los ojos, más de una vez, al flagelo indomable del cáncer, hincar sus dientes en mi cuerpo. He visto trabajar a la muerte en muchas de las personas a las que he amado, entre las que ha habido de todo. He visto a personas fumar toda la vida, odiar profundamente y muchas cosas más de aquellas que se dicen precursoras de la enfermedad, y morirse completos, después de muy viejos. No tengo respuestas.

En esta noche lluviosa en los suburbios de Pachuca, elevo mi oración por todos los que enfrentan al cangrejo maldito, y mantengo la esperanza por encima del dolor; todavía espero que algún día amanezca despejado. Jamädi…