Ahora que me acuerdo

Trío grandeza mexicana

Dice el entrañable y muy querido, Enrique Rivas Paniagua, estudioso de la huasteca y sus miles de caminos: “Gracias al impulso, orientación y experiencia que trasmitamos a las nuevas generaciones de huapangueros, nuestra música regional seguirá siendo arte vivo, cotidiano, espontáneo, no una pieza de museo…”. Eso lo tienen muy claro en Huauchinango, Puebla, donde ejercer el lenguaje de la sierra es un oficio irrenunciable y un destino marcado. En esa hermosa ciudad, por cierto muy cercana a Pachuca, viven tres de mis tríos más queridos, que interpretan los sones huastecos como seguro lo hacen los ángeles, porque para ser huapanguero, hay que ser muy terrenal, pero con alas grandes, como las que, dicen, portan los espíritus celestes que anuncian las buenas nuevas.

Uno de estos queridos tríos que habitan el paraíso llamado Sierra Norte de Puebla, es el trío “GRANDEZA MEXICANA”, un prodigio formado por los hermanos González Herrera: Mariel Itzel de 17 años en la Quinta Huapanguera; Jorge Ramón, de 11 años en el Violín, y Alejandro Fabio, de 8 años en la Jarana Huasteca. Estos niños nacieron con los instrumentos en las manos, pues al escucharlos, a uno le queda claro que nacieron para alegrar la fiesta y aligerar el quebranto. Los conocí hace apenas un par de años, poco después de que comenzaran formalmente sus clases para tocar y cantar, en el Taller Huasteco Integral de la Casa de Cultura de su ciudad. En el mes de julio de ese 2013, fueron seleccionados para asistir al IX Encuentro de niños y jóvenes Huapangueros en Jaltocán, Hgo., donde asisten a mi taller y cantan junto a otros niños venidos de toda la huasteca, una de mis canciones.

En ese bendito encuentro donde los miro y escucho por primera vez, ellos se distinguían de los otros por su alegría y por el placer con que asistían a la tradición desde sus años nuevos. Pero como en todos los casos, el milagro acunado en ellos no es una casualidad: unos meses después de nuestros días en Jaltocán, viajé a su ciudad y conocí mejor a sus maestros (unos verdaderos gigantes de la música tradicional de los que ya he hablado en esta columna en una ocasión anterior) y a sus padres, que han sido, junto a la pasión y el trabajo duro de los niños, el gran sustento del desarrollo que como trío, experimentan en el día a día de este oficio que ejercen por destino, que es el único modo que conozco para convocar a los ángeles mientras sucede el huapango. Cuando miro a forma en que el matrimonio González Herrera se ha encargado de ofrecerle oportunidades a sus hijos, recuerdo con agradecida consideración que ese y no otro es el papel de aquellos que su amor los juntó para engendrar hijos que enciendan el futuro.

Para diciembre de 2013, en el festival “El Canto de la Serpiente”, en Panuco, Veracruz, ofrecen su primer concierto; a partir de esa fecha, no han dejado de participar en cuanta tarima se les dispone en diferentes festivales, representando honrosamente a la Huasteca Poblana y al municipio de Huauchinango. Se les ha escuchado en el Festival del Cenzontle, en Yautepec, Morelos; el prefestejo de la Fiesta Anual del Huapango, en Amatlán, Naranjos, Veracruz; Festival del Huapango, en Tamalín, Veracruz; XIX Festival de las Huastecas, en Xilitla S.L.P.; Encuentro de Huapango, en Colatlán, Ixhuatlán de Madero, Veracruz; Festival Cultural Nacional del Huapango, Pachuca, Hgo.; Festival del Huapango, Tanquian de Escobedo, S.L.P.; Cumbre Equinoccio Zacatlán, en el Valles de Piedras Encimadas; XXV aniversario de la Fiesta Anual del Huapango, en Amatlán, Veracruz. En esta última participación, presentaron el huapango titulado Orgullo Veracruzano, del que son autores de la letra; para la musicalización los apoyó su instructor, el talentoso maestro Julio A. Hernández. Su composición se grabó y forma parte del disco de esa edición del festival.

Para los que amamos la música de la huasteca, el milagro que se gesta en niños como el trío “Grandeza Mexicana”, hace posible la preservación del paisaje sonoro de la fiesta, para honra y gloria de lo que somos cuando la quinta, el violín y la jarana, hacen que los santos suban y bajen de su casa de nubes, mientras vienen cantando los sones de la sierra. Hoy son apenas unos niños que entretejen las notas de la tradición; pero también, ya son milenarios pájaros de cuatrocientas voces proclamando la esperanza.

Jamädi…