Ahora que me acuerdo

Tabulando al Ras

Hace varios días, una compañera que no tengo el gusto de conocer en persona, me llamó para hacerme una entrevista telefónica sobre la escena actual de los poetas en Hidalgo. Yo nunca he sido bueno para dar entrevistas, será porque soy de rancho y medio tarugo para eso que se espera tras las preguntas de un profesional de la comunicación, o vaya usted a saber el porqué, pero nunca se me ha dado el asuntito aquel. Cuando era un adolescente que soñaba ilusamente con las mieles del éxito, ansiaba que alguien me entrevistara y que la entrevista apareciera dándome notoriedad, pero ahora, este viejo que soy, le huye a la ocasión de sentarse a contestar las cuestiones de un reportero que, o me pregunta lo acostumbrado (¿En qué se inspira para escribir?), o me interroga sobre cosas para las que no tengo respuestas, porque no me interesa o porque no sé nada al respecto. La compañera reportera de la que les cuento, me inquirió con preguntas que parecían concebidas para que yo me expresara denostando a los compas del oficio poético que sobreviven en esta ciudad arrodillada.

Lamento no haber podido darle nota a mi compañera, porque a pesar de la multivocidad de los autores hidalguenses, o tal vez por ella, pienso que en nuestras tierras, la literatura hidalguense vive su mejor momento en toda la historia de la entidad. Claro, hay de todo como en botica, pero cuento en la lista de los muy buenos, a muchos más de los que hace 20 o más años se podía nombrar, para bien de nuestras letras. Y no sólo en esta ciudad vapuleada por las obras del Tuzobús, sino también en el interior del estado, donde hay una pléyade luminosa de hombres y mujeres que escriben por oficio. Ciudades como Tulancingo, Tepeji del Río, Ixmiquilpan, Actopan, Tepeapulco y Huejutla, son apenas una breve mención donde la palabra de los nuestros funda esperanza, si de considerar la obra literaria local se trata.

Esta semana, en su Tábula Rasa, Alfonso Valencia habló de la lambisconería y el acriticismo entre los escritores, y como de costumbre, su consigna me la tomé personal, por lo que presté atenta consideración a sus palabras, con la intención de entender por dónde masca la iguana, al respecto de esta escena donde a sus ojos priva un congreso de elogios mutuos. Debo confesar que más de una vez he tratado, donde es posible, de echarle flores a las letras hidalguenses y sus creadores, porque me parece que durante mucho tiempo ha existido un afán, hasta por los propios, en pos de la denostación y el descrédito de lo producido en estas tierra, antes que por la construcción y la consolidación de iniciativas que promuevan la creación y difundan lo creado. Sin embargo, no quiero decir con esto que el maestro Valencia denoste ni en su columna ni en su actitud vital, la obra de sus colegas en el estado, pues tengo claro, que más allá de antagonismos y lealtades, él es alguien a quien se puede y se debe prestar atención, sin el peligro de atender palabras necias, sino argumentos validados en la teoría y la práctica de un trabajo ejercido por destino.

Pero no sólo Alfonso Valencia debe ser atendido al considerar lo que hacemos y lo que somos, pues insisto, hoy día nuestras letras merecen ser leídas como nunca en el curso de los días que se han vivido por acá. Como una nada casual “diosidencia”, si me permiten la palabra, la leva juntó frente a las mismas copas y palabras, a Diego Castillo, Julio Romano y Rafael Tiburcio, los cuatro jinetes de un génesis muy cabrón donde lo mejor de nuestras letras, es hoy día, un territorio indiscutible. Pero la lista sigue y sigue, como conejito de Duracell, y la escena, lo juro, no dejará de sorprender a los lectores propios y fuereños venidos a degustar.

Como verán, queridos amigos, hay razones de peso para que yo me sienta aludido cuando de lambisconerías se habla, pero quisiera precisar que para mí, lambisconear es un acto indigno donde alguien hace halagos inmerecidos, en pos de obtener alguna dádiva o favor. Me desmarco de esta definición, pues nada de lo que digo es inmerecido por los autores que sigo, entre los nuestros, y tampoco busco favor alguno, porque desde la lectura ya he recibido aquello a lo que podría aspirar de los señores escritores que gestan las letras de este ingenioso Hidalgo. Algunos de los escritores nuevos y viejos, son además mis amigos, y si de algo puedo preciarme, es que yo he carecido de mucho, pero nunca he tenido amigos pendejos. Cierto que hay cosas que debieran crecer, plumas que deben mejorar, pero el balance es bueno y a favor de los chingones. Me gusta leer a los nuestros, porque “de la abundancia del corazón, habla la boca”, y también las manos, que en el caso de Valencia y sus compinches, tienen mucho que contar…

Jamädi…