Ahora que me acuerdo

Soñando con Cangrejos

Hagamos como si hoy no fuera domingo y yo no tuviera, cinco agujeros de bala en el pecho…

(a)

Desde que era adolescente, las tardes de esta ciudad han tenido a mis ojos, una resolana mortecina, parecida (según mis delirios) a la que seguramente tendrían los escenarios donde transcurren las historias de ciencia ficción de mis lecturas de aquellos años. Los domingos pachuqueños, en las horas que siguen a la comida, suelen estar plagados por una soledad irreductible, que muchas veces me arrodilla las ganas de resistir.

¿Será que sólo estoy envejeciendo? Es posible, porque mirar el mundo con ojos pesimistas, es signo inequívoco de que la muerte llama a la puerta de la casa prestada donde transcurren las horas en que nadie llama, nadie toca a la puerta, nadie besa la costra de sal que nos puebla los labios y las ganas.

Siempre he pensado que Pachuca es una ciudad que duerme demasiado pronto, que se apaga cuando el toque de ánimas aún queda cerca, y que cada mañana se resiste a despertar. Pero eso sigue siendo cosa de mis años: vejez acumulada de la que va cargando el que vegeta largamente, bajo las siete llaves que las ratas le han venido a consignar a la puerta de uno.

A veces miro por la ventana pasar mejores auroras, pero me guardo bajo las sábanas entre iodo radioactivo, analgésicos y botellas de suero colmadas de demencia. Creo que mi abuela tenía razón, en este mundo es feliz el que simplemente decide serlo; sin embargo, hay algunos que se resguardan del amor, tan sólo por el terrible miedo que les da lo desconocido.

Hace mucho que no recordaba mis sueños, pero como en las noches más recientes han sido pesadillas, mis recuerdos de lo vivido en los pasillos de Morfeo, son tan claros que incluso recuerdo detalles muy amplios sobre lo que ocurre mientras duermo, bajo el cobijo de la fiebre nocturna de diciembre.

Recuerdo que una vez me contaron que soñábamos en blanco y negro; que sólo los esquizofrénicos pueden hacerlo a color. Yo debo estar enloqueciendo, porque mis sueños son polícromos, y mortecinos como las tardes de domingo en los suburbios terrosos de la abandonada Pachuca, en esta casa que languidece desde el hartazgo.

A mi sueño de la noche del viernes pasado, le creció una rata negra atravesada en el costado. Anoche, tuve un cadáver sobre los huesos acuchillándome el sentido; traía los ojos cargados de una dulzura asesina que calaba como calan los cangrejos en lo escondido de la médula, donde mi iliaco se duele amargamente de tamaño desbocado y metástasis como lobos por dentro de la carne.

(b)

Apenas el final del sueño de ayer:

Las noches de Pachuca son ardientes, sin trópico, pero cargadas de cáncer y tragos de vinagre salmuerado; del color que brillaba en las lámparas de la plancha de radiaciones del hospital civil. Después de la última trompeta, sólo quedaron los que estaban solos, guardados en lo profundo del túnel que comunica los sitios donde antes pasaba la vida.

En el lugar del reloj, sólo queda una varilla enhiesta desde la que se proyectan dos sombras provocadas por las estrellas enanas que se acercan asesinas a la tierra. Algunos van de tarde en tarde a contemplar las sombras: los dos tiempos marcados en el piso, las dos piernas abiertas de una realidad en la que ya no cabe la esperanza. Al Juárez de la plaza se le ha escurrido el bronce y la historia entera; quedan en su lugar escombros donde ya no puede adivinarse ni la flauta o las borregas de las que hablaba la leyenda.

Ayer, un niño sin ojos descubrió una mata de cardones debajo de las piedras que fueron el estadio. Cuando se supo, vinieron a cortarla. Ni espinas quedaron en el pozo donde habitaba la mata. ¿Será cierto lo que alguna vez contaron? No quedará piedra sobre piedra. Hasta los filos habrán de mellarse en el hambre de mañana.

Levantan en la punta del cerro, sobre los restos del Cristo Rey, un monumento a la desgracia; lleva en su mano la espada y una balanza cargada. Es alto el monolito, terrible, y tiene cara de hombre; también tiene corazón de hombre.

(c)

Espero no soñar pesadillas esta noche, aunque si sucede, ojalá estés de vuelta. Hazme creer que la tristeza no es un monstruo de dos cabezas sentado al pie de mi cama, y que los cangrejos se irán si amaneces otra vez aquí. El día cuelga torcido de la pared y yo sigo buscándote entre las tres esquinas de este dormitorio... Ojalá sueñe contigo. Jamädi…