Ahora que me acuerdo

Patiño y sus muchachos

El título de la nota de hoy, hace referencia a una anécdota contada por Alejandro Patiño Gaona, encargado del departamento de servicios técnicos del CECULTAH: cuenta que un día, varios años atrás, recibió un documento oficial donde se convocaba a los responsables de las diversas áreas del consejo de cultura del estado, donde él se ha desempeñado desde hace ya muchos años; el documento en cuestión, enlistaba los nombres de los requeridos, entre los que claramente se podía leer “Patiño y sus muchachos”. Recuerdo que entre bromas recordaba el episodio en el que parecía que quien redactó el documento, se dirigía a ellos de manera poco seria o descortés. A mí, sin ser el aludido, me parece que Alejandro y su hueste de compañeros, fueron requeridos de un modo más cercano, como el que se usa entre amigos buenos, muy lejano del que se espera en la solemne relación que priva entre los colaboradores de una dependencia estatal. Los que conocemos a Patiño, sabemos que a él sólo se le puede hablar de manera más bien familiar; para Alejandro, las fórmulas cuadradas y frías de la solemnidad burocrática no son, en modo alguno, su constante. Me ha tocado ver cómo figuras importantes de la cultura en nuestro país, se dirigen a él del modo que sólo se usa para hablarle al hermano.

Patiño viene a colación porque este lunes pasado se celebró un aniversario más del teatro Guillermo Romo De Vivar, y desde hace algunos años, a iniciativa del propio Alejandro, sirve esta fecha para reconocer el trabajo de aquellos que “tras bambalinas” hacen que la magia de la escena ocurra; por eso el 21 de octubre es el día del Técnico Teatral.

He sido testigo, desde hace casi 20 años, del trabajo incasable y comprometido de Alejandro y “sus muchachos”. Los sucesos más significativos en la cultura y el teatro de Hidalgo, en las dos décadas más recientes, no podrían explicarse sin su intervención. Cientos de veces lo he visto subir y bajar de los tablados, instalar y operar equipos de sonido, conseguir que se haga la luz y florezcan los escenarios; levantar mundos y galaxias de la nada, para que los milagros ocurran. Y eso no es todo; Patiño va por la vida con un costal de buenas ondas de humor, haciendo que aquellos que alguna vez lo hemos topado, agradezcamos que sus bromas y la alharaca de amigo con la que asiste a la vida, nos salven el día, en el buen sabor que deja la risa entre carnales.

En su juventud se enroló en las filas del desaparecido Grupo Nagual, pero poco tiempo después cambió de oficio, aunque no de escena, porque su trabajo lo ha hecho testigo de cargo en lo mejor de estos años, por los caminos en que la música, el teatro, la danza y mucho más, han permitido que “la imaginación nos vuelva infinitos”.

El 21 de octubre seguro el buen Pato, se celebró junto a los suyos, sus compañeros de chamba, que en cada función, concierto o recital, han sido también los nuestros, porque gracias a ellos suena y se ve. Pareciera tan simple, pero sin su participación, nada podría haber ocurrido con la misma carga de encantos con que el arte de la escena convocó los aplausos, la vida y las sonrisas.

Junto a un puñado de entrañables funcionarios y amigos, Alejandro Patiño ha sido una presencia inmarcesible en la entidad que administra los recursos destinados a la cultura en Hidalgo. Un teatrero dijo alguna vez, bromeando, que seguramente en algún lugar tenía tatuado el número de registro que lo inventaría dentro del patrimonio del CECULTAH; pienso que al igual que otros imprescindibles, el Pato es pieza clave en el acervo humano con que los hidalguenses volteamos a mirarnos en el espejo de la identidad y nos asomamos a las ventanas abiertas de la cultura global.

Patiño, yo soy de aquellos que saben tu apellido y conocen tu rostro, pero aunque el resto del público sólo conozca tu obra sin saber cómo te nombran tus amigos, puedo jurarte por la virgen que atestigua desde los camerinos del “Romo”, que gracias a los técnicos teatrales de Hidalgo, el escenario ha sido la verdadera fábrica de sueños con que alguna vez, le hemos colgado luces y flores a la ilusión poderosa a la que el arte nos convoca. Para ti y tus compañeros de oficio, mi respeto, mi reconocimiento y la seguridad del valor de tu mano de artista, de hermano y de maestro.

Jamädi…