Ahora que me acuerdo

Padrenuestros

-I-

Pardeaba la tarde, y la polvareda que dejaba tu paso les hizo imposible el privilegio de los ojos. Dicen que viniste a preguntar por su sombra. Nadie supo darte razón. Nadie volvió a saber de ella, desde el día en que tu perro se murió de no comer y no moverse del montón de tierra y lágrimas, donde te dejamos a que los gusanos te volvieran polvo.

-II-

Yo, papá, pagué para tu reposo un lugar entre nubes, con el agua envenenada que me sale del costado y bocanadas rojas venidas de donde reside el amor con que te nombro; pero nunca los innobles hemos conseguido la indulgencia, con apenas el salario de arrendar liendres y olvido.

-III-

A la Rosario no la han vuelto a ver, pero de ti, cuentan que vienes de noche y te escabulles entre la negrura, haciéndote uno con ella, con la que guardó sus pasos nada más para encaminarse a ti. Dicen que te han escuchado pasar a trote lento, por las calles que llevan a La Cruz. Ni el Ave María te ahuyenta. Pero no hay venganza que busque tu penar; son los besos pendientes lo que reclamas, cuando la luna llena se duele largo, por el reflejo de la plata que destella en la botonadura de tu traje.

-IV-

La Juana no vino, como las otras, a decirte adiós; dicen que el dolor la tiró lunas enteras en la cama. Yo le llevé esa noche la serenata que tú no volverías a cantarle, pero no salió, ni siquiera cuando arreció la lluvia con que la noche también sentía que te marcharas, dejándola preñada de espantos y la ausencia que prodigaste a los muchos hijos que fuiste regando mientras pasaba la vida.

-V-

Si supieras, papá, tengo tanto qué contarte: se llama Laura y tú nunca la amaste, porque la vida no te dio tiempo de toparte con la altura de sus senos de gaviota herida. Fui yo quien la encontró, así nomás, como suceden las lluvias de mayo. Hoy es tu hijo el que la ama, desde este norte salvaje donde no tengo su cuerpo por más tiempo que los días del abandono. Viene como las luciérnagas con la temporada de aguas, y después se pierde en el silencio que tejen el sur y la distancia… ¿Cómo le hiciste para que nunca se fueran las que te amaron?

-VI-

¿Desde qué nube trepada tus ojos nos otean, papá? Ando mirando para arriba como cuando era niño y jugábamos a encontrar toros y palomas escondidos en el cielo que cobija el campo. Recuerdo que hace mucho me regalaste todas las estrellas de una noche de agosto; las fuiste nombrando mientras me decías cuánto me ibas a extrañar cuando te murieras. Qué lejos estaba yo de entender tanta tristeza desbocada, y de saber que llegaría enfundada por la caja de raso y palo donde mis hermanos te pusieron a reposar tu último sueño.

-VII-

Yo, que nunca supe de espantos, escuché en medio de la noche a una mujer gritar para atrás las letras de tu nombre, papá. ¿Qué contendrán los rezos desde los que te llaman? Dicen que vienes, pero yo no he sabido convocarte para que me traigas envuelto en tu sarape, un pocillo rebosado de la esperanza que le falta al hijo tuyo que no nació con un carbunclo ardiendo en el fondo de los ojos, desde los que ya no se adivina la sangre que nos traba.

-VIII-

Después de tu entierro, regresamos por veredas oscuras hasta la casa donde te estuvimos velando. Nueve días más tarde levantamos tu cruz, y aquí la traigo todavía, con este no entender que me carcome la boca, mientras la vida me mata, sin tu mano oscura y callosa para defenderme de la muerte que, muy pronto, me hará tropezar con un palo de azada.

-IX-

La madre de tu nieto más chico se fue una mañana de domingo. Dejó regados en la mesa los anillos que cada viernes le di para jurarle, una y más veces, este amor al que ya no le crecen ramas y nidos, igual que le ha pasado a los árboles de tu patio quemado. Hoy su mirada se tiende interminable, sobre el mundo en que Sanjudas le cuida los pasos al niño que crece con la piel de chocolate y sierra que le dejaste en prenda de tu nombre de charro y de cantor; el mismo con que nos marcaste en el pecho las iniciales de tu ausencia.

-X-

Yo de niño miraba en tus ojos el futuro. Ahora que te fuiste, en los profundos huecos de tu cráneo sin aves ni casas blancas, sólo alcanzaste a heredarme las tinieblas.

-XI-

Ni Lucha o Lola podrían cantarte ahora, papá. Mi madre se dejó llenar la boca de tepetate y lloros, varios años antes de que te fueras. Yo nunca aprendí a entonarme. Sin embargo, tus nietos todavía se conmueven, cuando el mariachi rompe el silencio al que nos condenó la puta muerte que vino a desmantelar nuestros anhelos.

-XII-

Papá, cuando te busco en las fronteras de la noche, el cielo se derrumba de pájaros muertos…

P.D.

Hoy no hay Jamädi