Ahora que me acuerdo

Oliver Gutiérrez, o la letra con sangre sale...

A Oliver Alejandro Gutiérrez lo conocí casi por casualidad. Antes de leer algo de lo suyo, vi un video donde leía uno de sus sensacionales textos en prosa, que para entonces ya le había traído un par de tragos duros y varios fans entre la banda pesada de su prepa y el taller literario al que asistía.

Desde entonces, este casi niño no ha dejado de sorprenderme. A pesar de la aparente insolencia con que asistía al oficio de escribir, indudablemente era un tipo íntegro y muy certero en las cosas de las que hablaba. Hoy sin temor a equivocarme, puedo decir que lo que inicialmente leí en él como descaro, no es sino una vocación ineludible que Oliver tiene por no quedarse callado, cosa que para mí, en este mundo de agachados, es una poderosa virtud; en todo caso, debo decir que este chamaco es un cabrón que tiene los tamaños para descaradamente decir con valor y con honestidad, lo que para él es urgente y necesario.

El humor negro desde el que Oliver construye sus mejores cuentos, tiene uno y mil rostros, y su génesis se encuentra en las cosas que le pasan todos los días, en las que ve en casa y en la jungla de asfalto por la que pasa su vida. Sé que más de una vez ha mirado a la muerte al acecho, asomándose en las esquinas; de momento no le presta atención y, entre mentadas, le saca la vuelta, mientras acelera el pedaleo en su bicicleta, por el camino entre su prepa y su casa. Sin embargo, confiesa que tiene miedo de que alguna vez las violentas pinceladas que matizan sus textos, se le escapen y sea turno de enfrentarlas cara a cara, sin el poder que le concede ser el autor de esos mundos oscuros, con los que exorciza sus horas y sus días.

Comenzó a escribir hace menos de dos años, pero a la fecha ya se encuentra incluido en varias antologías de literatura urbana, donde su pluma y su persona son las más jóvenes entre los jóvenes que no se callan. Sé que este chavo habrá de escribir algunas de las más notables páginas de la novísima literatura mexicana, porque como pocos a su edad o a la de cualquiera, tiene una postura decidida ante el mundo y se ocupa desde su pluma, por asistir a la vida con un puño en alto y una mano extendida.

Aquí algo de lo que le he leído y disfrutado:

El bate de béisbol

Mi padre jugaba béisbol, cuando la juventud le alcanzaba. Tuvo la oportunidad de enseñarle a mi hermano cómo tomar el bate, apoyar los brazos y dar un fuerte golpe. En cambio a mí nunca me pudo explicar cómo hacer eso. Desde niño, quise un bate para aprender solo, y tal vez tener un uniforme; ser parte de un equipo y hasta ganar algún trofeo. Tampoco fue así. Gasté mis días en darme cuenta que el béisbol ya no era tan popular en Pachuca, como antes.

Un día mi padre llego a casa en estado de ebriedad, entró a su cuarto y sacó una maleta. Dijo que se iba de la casa. Nadie lo quiso detener. Corrí tras de él, y sin que lo notara, me escondí en el asiento trasero de su auto. Mientras él conducía, empecé a husmear en su maleta; al abrirla sentí un pequeño hormigueo. Estaban ahí el uniforme de su antiguo equipo de béisbol, sus tenis de corredor, el guante y un bate; todo tenía olor a humedad, pero ningún rastro de polvo. Antes de cerrar la maleta, comencé a escuchar un coro de gritos que venía de la boca de otros conductores. Levanté la cabeza un poco, para observar por el vidrio. Mi padre se le atravesó a un taxista en Revolución, por donde están las obras del Tuzobús; bajaron de los coches y comenzaron las maldiciones entre los dos, mientras las luces intermitentes de los autos alrededor iluminaban la escena. Ambos estaban cara a cara, se escupían gritos en lo que las bocinas de otros conductores resonaban.

El taxista lanzó el primer golpe y después tiró a mi padre contra el concreto. Temeroso, salí del auto con el bate. Vi mi reflejo en el parabrisas y recordé las fotos de mi papá cuando jugaba béisbol. El taxista perdió la mirada en mí, mientras la mía se extinguía poco a poco. Apreté las manos, levanté los codos y, pasado un pequeño instante, acompañado de un grito seco, abrí los ojos; el sujeto del taxi estaba recostado en el cofre de su auto derramando sangre que goteaba en el faro.

Solté el bate, miré las luces de la avenida tan parecidas a las de un campo encendido, y comencé a reír.  Por fin, había aprendido a batear…