Ahora que me acuerdo

Magnolia

Sus papás le pusieron el nombre de la calle pachuqueña donde se dieron el primer beso. La conocí cuando yo estudiaba en la prepa 4, y la dejé de ver por muchos años. Esta es parte de la historia que me perdí en el tiempo que dejé de verla, mientras la recordaba con todo el amor que le guardé desde el día en que ella se ilusionó con Juan, el campeón canastero de una de las ligas de basket de esta ciudad. La volví a ver hace unos días en el Mercado Revolución y me contó en 6 horas la novela de su vida lejos de mí. Hoy ella es una mujer feliz, lo que la hace más hermosa. Trabaja en lo que siempre soñó, estudia inglés y bailes de salón, y sale a correr todas las mañanas al parque Hidalgo. Su hijo es moreno, alto, de pelo negrísimo y chino, como seguramente habría sido si yo fuera su padre. Magnolia lloró mucho durante mucho tiempo, pero su historia reciente colecciona muchas más sonrisas de las que alguna vez soñara. De momento no tiene pareja, pero eso no le preocupa, por ahora sólo se afana en ser feliz, y para eso, pocas cosas hacen falta; me dijo que no está sola, que está con ella, y que eso es bueno, porque ya no piensa volver a abandonarse.

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Cuando Juan llegó con flores otra vez, Magnolia se asustó, porque esta vez eran nardos. El aroma de muerte que el ramo le trajo, le hizo correr al baño entre arcadas. Juan sabía muy bien dónde golpear para que no se notara: porque hay golpes que son “como del odio de Dios…”

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… / … / … / …

- Tú te lo buscaste. Ahora aguántate…

- Es tu cruz, hija. Cárgala.

- Respétalo, para eso es tu marido…

- No, m’hijita, aquí fracasada no regresas…

- ¿O qué, quieres terminar como tu madre?

- Déjalo en paz, para eso él es el hombre, tiene que salir y tener amistades…

- Ay, m’hijita, sin él no eres nadie…

( … )

El día que Magnolia finalmente dejó a Juan y se fue a vivir con su hijo en un cuarto prestado, pensó que el mundo se le iba a venir encima, y se le vino. La habían educado para obedecer y para casarse, así que por unos días, no supo cómo hacer con su bebé y la tristeza larga que le había desbordado las cajas que pudo sacar de la casa de sus suegros, a donde llegó a vivir tras de juntarse.

Después de unos días de llorar mucho y de pensar repetidas veces en regresar con Juan, a pesar de la mala vida, entró al baño y se miró al espejo: tenía 20 años y varias heridas frescas que no contarían para ningún M.P., porque eran de las que no se ven con los ojos del cuerpo, sino con algo que sólo quien ha descendido a los infiernos una y más veces puede entender. Magnolia se lavó la cara con agua fría y tomó una decisión. Al salir del baño seguía con los mismos problemas con los que huyó de casa de los abuelos de su hijo, pero ahora acunaba la certeza de que nadie le iba a quitar las ganas de ser feliz; no sabía cómo iba a conseguirlo, pero de eso se iba a ocupar. Esa tarde durmió muchas horas y despertó con ganas de beber leche tibia. Emilio, su bebé, lloraba de hambre, pero se calmó cuando le dio el pecho.

Después de ese día, varias tardes más, Magnolia se sorprendió con el mismo sueño y las mismas ansias de leche tibia; pensó entonces que tal vez ella y su hijo tenían algo más en común, después de todo, sueño y leche, son cosas de recién nacidos…

Jamädi…