Ahora que me acuerdo

Intentando una creepypasta para Diego Rangel

Hace unos meses, conocí a Diego Rangel, un jovencito de 14 años que, a pesarde su aparente “seriedad”, es un muy ameno e inteligente conversador. Cargadode historias y datos de ciencia y tecnología, Diego es un devorador deconocimiento, pero como le sucede a la mayoría de los genios en este país, letoca lidiar en mala fortuna con las limitadas posibilidades del sistemaeducativo mexicano.

Hace unas semanas, en la víspera de su “certificación” en inglés, le fuerequerida una sarta absurda de trabajos innecesarios para justificar el trabajode su profesor de lengua extrajera: una serie de actividades a mano,condiciones ineludibles para acceder al examen que le otorgaría el grado en elidioma. Tareas como esta, para un chico que supera por mucho el nivel de lamedia en la ciudad, me parecen mucho más que un desacierto pedagógico. Diegosirve de traductor simultáneo a su familia, cuando se trata de una película sinsubtítulos; lee libros en inglés con bastante solvencia, y si lo soltáramos enuna calle al azar de una ciudad gringa, seguro sabría cómo encontrar refugio yayuda, desde esta lengua apropiada, porque además de sus conocimientos activos,es un muchacho que responde con ecuanimidad y soluciones a los desafíos queenfrenta, y sabe muy bien que la escuela erróneamente tiene afán por educarpara contestar exámenes, consignar tareas y obtener calificaciones, pues suverdadera misión es la de educar para la vida.

El tema en todo esto es la educación, porque si nuestros hijos han tomadoclases de inglés desde preescolar hasta preparatoria (lo que por lo menos son13 años), y al egresar no son capaces de comunicarse en esa lengua con solturay precisión, entonces la escuela nos ha tomado el pelo y nos ha robado.

Comparto con Diego la pasión por los arácnidos fabulosos, los insectosextraños y los animales mitológicos; además de una especial atracción porhistorias macabras, misteriosas y oscuras. Hemos planeado investigar sobre lasleyendas urbanas que sobreviven de boca en boca en esta ciudad, para traerlas ala luz y contarlas desde el filo de la vox populi que habita las calles y lossocavones abandonados de esta villa platera donde rondan los espíritus. Aquí vala primera:

Hace ya muchos años, los músicos de la Banda de Rurales, regresaban de tocar, ya muy tarde, deuna fiesta en el pueblo de Real del Monte; venían a lomo de mulas y algunoscaballos prestados por los mayordomos del lugar. Las botas de pulque y lasbotellas con que habían sido obsequiados en el agasajo, hacían más soportablela boca de lobo que era el camino de regreso a Pachuca. Venían eufóricos,cantando y silbando tonadas románticas de aquellos años.

Pasaron las últimas casas del Real, cuando alcanzaron a divisar un extrañoresplandor camino de los arcos. Al llegar a la curva que desemboca, vieron queen medio de la nada había una muy animada fiesta de charros, a la que sólo lefaltaba la música viva. En el jolgorio estaba gente de apariencia respetable yapuesta; caballeros elegantes, de finos trajes típicos e impecables maneras.Uno de estos señores, al mirarlos pasar, se acercó con la intención decontratarlos para animar el festejo. Al acordar la paga, los músicos comenzarona tocar; y en ese momento apareció, de nadie sabe dónde, un grupo de muydistinguidas y bien vestidas señoritas, que rompieron el baile con los charrosaquellos.

Después de estar tocando por espacio de una hora, sin descansar, uno de losmúsicos, se dio cuenta de que, tanto las muchachas como los charros aquellos,tenían patas de chivo, como las que dicen que tiene el diablo; asustado por loque sus ojos miraban, soltó su instrumento, se santiguo y gritó: ¡Ave MaríaPurísima! Al instante, los charros, las muchachas y la fiesta entera desaparecieron.Del Susto, los músicos perdieron el conocimiento; dicen que fueron a apareceren la madrugada del 2 noviembre de 1917, todos golpeados, revolcados y sininstrumentos, allá por el rumbo del Lobo.

Por eso hay que tener cuidado; dicen que los charros aquellos se aparecende noche, en una carreta, y que preguntan por unos músicos que toque recio,para animar unas fiestecitas, que de vez en cuando, se suelen organizar en elpedacito de infierno que colinda con el camino al Real, justo en las curvas delcamino viejo.

Jamädi, Diego…

Hace unos meses, conocí a Diego Rangel, un jovencito de 14 años que, a pesar de su aparente “seriedad”, es un muy ameno e inteligente conversador. Cargado de historias y datos de ciencia y tecnología, Diego es un devorador de conocimiento, pero como le sucede a la mayoría de los genios en este país, le toca lidiar en mala fortuna con las limitadas posibilidades del sistema educativo mexicano.
Hace unas semanas, en la víspera de su “certificación” en inglés, le fue requerida una sarta absurda de trabajos innecesarios para justificar el trabajo de su profesor de lengua extrajera: una serie de actividades a mano, condiciones ineludibles para acceder al examen que le otorgaría el grado en el idioma. Tareas como esta, para un chico que supera por mucho el nivel de la media en la ciudad, me parecen mucho más que un desacierto pedagógico. Diego sirve de traductor simultáneo a su familia, cuando se trata de una película sin subtítulos; lee libros en inglés con bastante solvencia, y si lo soltáramos en una calle al azar de una ciudad gringa, seguro sabría cómo encontrar refugio y ayuda, desde esta lengua apropiada, porque además de sus conocimientos activos, es un muchacho que responde con ecuanimidad y soluciones a los desafíos que enfrenta, y sabe muy bien que la escuela erróneamente tiene afán por educar para contestar exámenes, consignar tareas y obtener calificaciones, pues su verdadera misión es la de educar para la vida.
El tema en todo esto es la educación, porque si nuestros hijos han tomado clases de inglés desde preescolar hasta preparatoria (lo que por lo menos son 13 años), y al egresar no son capaces de comunicarse en esa lengua con soltura y precisión, entonces la escuela nos ha tomado el pelo y nos ha robado.
Comparto con Diego la pasión por los arácnidos fabulosos, los insectos extraños y los animales mitológicos; además de una especial atracción por historias macabras, misteriosas y oscuras. Hemos planeado investigar sobre las leyendas urbanas que sobreviven de boca en boca en esta ciudad, para traerlas a la luz y contarlas desde el filo de la vox populi que habita las calles y los socavones abandonados de esta villa platera donde rondan los espíritus. Aquí va la primera:
Hace ya muchos años, los músicos de la Banda de Rurales, regresaban de tocar, ya muy tarde, de una fiesta en el pueblo de Real del Monte; venían a lomo de mulas y algunos caballos prestados por los mayordomos del lugar. Las botas de pulque y las botellas con que habían sido obsequiados en el agasajo, hacían más soportable la boca de lobo que era el camino de regreso a Pachuca. Venían eufóricos, cantando y silbando tonadas románticas de aquellos años.
Pasaron las últimas casas del Real, cuando alcanzaron a divisar un extraño resplandor camino de los arcos. Al llegar a la curva que desemboca, vieron que en medio de la nada había una muy animada fiesta de charros, a la que sólo le faltaba la música viva. En el jolgorio estaba gente de apariencia respetable y apuesta; caballeros elegantes, de finos trajes típicos e impecables maneras. Uno de estos señores, al mirarlos pasar, se acercó con la intención de contratarlos para animar el festejo. Al acordar la paga, los músicos comenzaron a tocar; y en ese momento apareció, de nadie sabe dónde, un grupo de muy distinguidas y bien vestidas señoritas, que rompieron el baile con los charros aquellos.
Después de estar tocando por espacio de una hora, sin descansar, uno de los músicos, se dio cuenta de que, tanto las muchachas como los charros aquellos, tenían patas de chivo, como las que dicen que tiene el diablo; asustado por lo que sus ojos miraban, soltó su instrumento, se santiguo y gritó: ¡Ave María Purísima! Al instante, los charros, las muchachas y la fiesta entera desaparecieron. Del Susto, los músicos perdieron el conocimiento; dicen que fueron a aparecer en la madrugada del 2 noviembre de 1917, todos golpeados, revolcados y sin instrumentos, allá por el rumbo del Lobo.
Por eso hay que tener cuidado; dicen que los charros aquellos se aparecen de noche, en una carreta, y que preguntan por unos músicos que toque recio, para animar unas fiestecitas, que de vez en cuando, se suelen organizar en el pedacito de infierno que colinda con el camino al Real, justo en las curvas del camino viejo.
Jamädi, Diego… m