Ahora que me acuerdo

El Génesis según la abuela

La abuela fue una coleccionista de palabras, por eso leía todo lo que encontraba. Nunca se graduó de nada, pero jamás le faltó una respuesta para cualquier cosa que se le preguntara, y si no la sabía, siempre tenía idea de por dónde ir para encontrar el camino.

Después de leer, le gustaba contar, uno a uno, hasta dos, hasta cien… Hasta más de mil iban brotando las historias que urdía desde las palabras que fue recogiendo por los libros y los caminos de la vida. Un día nos contó que en la noche de los tiempos, Dios juntó un poco de arcilla con maíz tostado; después de amasarla, soplándole en el centro, por donde queda el ombligo, le comunicó la vida, y ahí comenzó la más grande historia tantas veces contada, en un espejo concebido a imagen y semejanza suya. Al reflejo, le dio la ocasión de nombrar cada una de sus creaciones y regocijarse en ellas. Un día también le trajo compañía y la invitó a henchir la tierra y tener gozo, pero la verdad, contó mi abuela, se ha perdido en el manoseo de la palabra a través de los años: los hombres decidieron contarlo todo de otro modo, para aprovechar las rentas que devengan los que tienen poder para reescribir lo vivido. Así, los mercantes, los censores y los que hacen la guerra, inventaron un día lo de la hoja de parra, la serpiente y la manzana. Cuentan en algunas tribus, que el árbol aquel del que se ha leído, nunca existió, y que la ciencia del bien y del mal no es sino un sistema de escarmiento y de castigo, que alguien concibió para dominio y exterminio de lo dispuesto para el gozo. Ahora se sabe bien que la menstruación no es débito de ninguna culpa original o impuro canon, como sí es largamente indigno el acto de derramar la sangre hermana, con quijada de burro, con misiles o con azahares y lazos de boda.

Anoche mi abuela se volvió eterna; murió mientras bebía el café con chocolate que tantas veces le prohibiera el médico. Se ahogó con un trago mientras a carcajadas se acordaba de un chiste bueno que ya no alcanzó a contarnos; así que se fue sonriendo. Me dejó frescas muchas preguntas que le voy a contar cuando amanezca, mientras miro la luna tierna recostarse en el horizonte de la mañana y bebo café tal como ella lo hacía; si no tiene las respuestas, sé bien que ahora que está frente a frente con Dios, se las va a preguntar por mí, en tanto que se reconocen en el espejo, imagen y semejanza que son. Sé que Dios y mi abuela se entienden mucho, pues entre mujeres siempre se habla el mismo idioma…

Dos Equis

- Pero, ¿qué van a decir de mí? Te llevo 20 años; podría ser tu mamá…

- Pero no lo eres…

- No. Tu mamá es una señora muy seria que nunca se atrevería a hacer lo que yo estoy haciendo.

- Qué bueno, porque yo no podría acostarme con mi mamá…

- Rubén, no digas cosas. ¿Has pensado qué vas a decirle si se entera?

- ¿De verdad te parece que necesito pensar en eso? Mi mamá se va a enterar, y a lo mejor se enoja, pone el grito en el cielo y busca un exorcista que te arranque de mi corazón, pero eso es cosa de ella. Lo que es cosa mía es sólo quererte…

- Rubén, tengo miedo.

- Yo también, pero no de mi mamá ni de sus cosas. Tengo miedo de los miedos que sientes. Pero si te quedas y me das la mano, me será más fácil no temer. Yo te doy la mía, y si eso te hace sentir más segura, los dos podríamos encontrar juntos el modo de ahuyentar cualquier temor.

- ¿Y después?

- ¿Después?, no sé… Un paso a la vez. No tengo todas las respuestas, pero ya iremos viendo por dónde buscarlas...

- ¿Matarás dragones por mí?

- No…

- ¿No? ¿Por qué?

- Porque los dragones no existen. Porque no sé matar. Porque no soy tan fuerte como para ser caballero andante. Pero puedo dibujarte dragones alados en las paredes de tu casa, puedo dibujarte alas en la espalda y hacer hotcakes con forma de dragón, o cocinar para ti pechugas de pollo con arroz, y los dos podemos jugar a que son del dragón que tu cazaste mientras yo te traía un poco de té para entibiar la noche.

- No me sueltes…

- No quiero soltarte. Te estoy abrazando fuerte, pero siempre que lo quieras o lo necesites, podrás abrir mis brazos y soltarte; por si ocupas respirar un poco o por si quisieras irte alguna vez…

- No quiero irme.

- Yo tampoco quiero que te vayas.

- ¿Aunque tenga 20 años más?

- Aunque fueran todos los siglos del mundo.

- Entonces, me quedo… ¿Te acuerdas lo que dijo Violeta ayer en la cena? Que la edad de una persona es igual a la del abrazo en el que amanece…

- Sí me acuerdo…

- Entonces abrázame.

- ¿Para quitarte años?

- No. Para dejarlos en su sitio. La que te ama es esta que ves, no la que fui. El abrazo es porque lo quiero.

- ¿Se espantó el miedo?

- No. Ahí sigue, pero ya lo iremos domando. Mientras, abracémonos los dos; todo es cosa de tener a la mano siempre abrazos nuevecitos…

Jamädi…