Ahora que me acuerdo

Carta #1 a Jacke Pank Sobre Las Hojas De Libros

Querido "Yaqui", te quiero contar como comenzó todo entre los libros y yo. Mi abuela que fue la pulquera más sabia que conocí, me enseñó a leer cuando ni siquiera había comenzado a hablar bien. Ella, en su modo sencillo de mirar la vida, decía que a los que habíamos nacido en cuna de pueblo, sólo nos quedaban los libros como bastión para enmarañar la pobreza y vestirla de seda y luz. Pero yo nunca me entendí pobre mientras la abuela vivió, porque después de las letras que me enseñó con el "Libro Mágico" (viejo método de alfabetización para niños, muy usado en los años 70's), vino el milagro. En su juventud, la abuela trabajó como maestra rural en comunidades indígenas del Valle; hasta allá llegaron las ediciones de los clásicos con los que Vasconcelos intentó inundar de lectura nuestro país. Doña Leonor los leyó y releyó muchas veces, pero aquellos libros complejos tomaron carta de naturalización en el alma de la abuela, y ella que era una palabrera de vocación cabal, nos contaba lo que leía, a partir de lo que le provocaban las historias que se zampaba inagotables. Así, mi abuela cambiaba la dirección de los mares y ponía a Ulises Odiseo a navegar cerca de Veracruz, encantado por sirenas que cantaban igualito que la Lucha Reyes que tanto le gustaba. Penélope era en sus palabras, tan bonita como Blanca Estela Pavón, y Paris, hijo de Priamo, rey de Troya, que seguro era idéntico a Antonio Badú, le había dado la manzana a Afrodita, de tan caliente que era, para que ella le entregara a Helena, la tan hermosa como Dolores Del Río. Así se las gastaba mi abuela, tropicalizando a Homero y a los otros que leía. De a poco sus lecturas se fueron haciendo mías, y ya no puedo volver a pasar por La Iliada y La Odisea, sin imaginármelas como una película dirigida por el Indio Fernández y musicalizada por Revueltas. Desde los ojos de Doña Leonor, el Quijote es charro manganero que bien sabe colear y echarle piales a los gigantes que se disfrazan de molinos de viento en el potrero. Los libros que mi abuela leyó, se le fueron tan adentro, que ahí se mezclaron con lo muy suyo y se le volvieron entrañas. Después de cada lectura, lo que ahí bullía, lo tomó para sí misma, y al final, no encontraba la manera de poner a un lado y otro, lo que vino y lo que ya estaba. Yo siempre amé los ojos con que mi abuela miró los libros y dejó que la habitaran, y he buscado página a página, volverme infinito en el ejemplo lector de una señora que sabía leer para resistir.

Un día, en el amanecer de mi adolescencia, mi hermana María y yo, fuimos al puesto amarillo de revistas viejas que estaba junto al mercado de mi pueblo, a comprar mi primer libro pagado con dinero que yo mismo gané vendiendo globos. Hay pocas cosas que recuerdo bien de aquella época, pero el libro no se me ha borrado, a fuerza de relecturas y de improntas largas en el alma. Ella compró también un libro, pero nada recuerdo ni de la pasta ni de la historia; el mío fue uno de don Juan Sánchez Andraka que compré porque me gustó la foto de la tapa. "Debe amanecer" era el título, y yo que estaba ansioso de auroras, llegué a casa, me tiré de panza en mi cama, y no paré de leer hasta que me quedé dormido muy tarde. No entendía lo que había pasado; sí me gustaba leer, había leído otras cosas, pero nada como esa historia que con mis doce años y muchas sensaciones por estrenar, hizo que se abrieran ventanas y dispusieran espejos, en la novela que pasaba en un pueblo que bien podía ser el mío. Ahí en la novela estaban todos: el presidente municipal, el director de la escuela, los maestros, las beatas y el cura, el dueño de la cantina y las putas. Y también estaba yo, yo, yo, más de una vez con mis ganas de tragarme el mundo, de darle la vuelta y encontrar mi nombre en una penca de maguey y entre las piedras de la casa de mis abuelos. Ahí encontré por primera vez a la revolución, y no aquella que sacan a orear cada 20 de noviembre, sino la que desde ese día aprendí a mirar cuando miro con esperanza la sangre de mi pueblo. No imaginé que un libro pudiera hacerme eso y llenarme de amor y rabia y ganas de levantar el puño. Pero apenas era un niño de doce años que creía que no tenía trinchera; entonces sólo dejé que la rabia me creciera y también los sueños. En la novela, uno de los personajes se va a la sierra y toma las armas; el otro regresa a su casa. Yo no he ido a la sierra levantado, pero huí de casa más de una vez. Después de 30 años, querido Yaqui, sé que siempre he tenido trinchera y que ha sido levantada entre libros y palabras. Y desde ahí aprendí que también leyendo se hace la revolución. Jamädi...