Ahora que me acuerdo

Carta para Antonio Ramos Revillas

Querido Toño, te escribo desde esta ciudad arrodillada que tú conoces, entre la nostalgia y la pavura en que me arroja la temporada de aguas. Hace unos días, mientras leía las noticias del premio que le concedieron a tu libro, recordé de golpe a Monterrey y los años azules que viví por tus tierras. Un día yo soñé con ser un escritor regio (pues quería ser bueno y norteño), pero la vida se encargaría, feroz, de regresarme con las manos vacías al Valle y condenarme a ser, apenas, una gloria municipal venida a menos. Un día, mirando desde lo alto del cerro de la colonia Independencia, pensé que el norte se parecía mucho a los lugares donde sucedían las historias que, para entonces, ya comenzaba a escribir; yo quise quedarme a sobrevivir la canícula y las heladas, pero dios no concede antojos ni empareja panzones prematuros. Además, “no cabe duda, de niño a mí me seguía el sol…”, pero con la adolescencia, una noche, a la orilla de Morones Prieto, la tristeza vino a fundar largas tinieblas, donde hasta unas horas antes, habían brotado naranjos, glorias y corridos.

Esa noche se la llevaron para Reynosa, y no volví a saber de ella, sino varios años después, cuando por fin conocí a la hija que los dos hicimos, entre muchas tardes de amor, bebiendo rusas de verano, preparadas con Topo Chico Toronja y trocitos de piña dulce; ahí, en el cuarto de azotea desde el que por las noches se miraba tu ciudad sembrada de cruces violáceas de neón.

Si te escribo para contarte, es porque tengo miedo de que alguna vez resulte que nada de esto pasó, y que Laura y esas tardes bajo el resplandor altísimo del Sol de Monterrey, no sean sino un pretexto para añorar el sabor que te dejan las hojarascas azucaradas, después de comerlas mientras lloras. Afortunadamente, los pasos de mi hija me alcanzan para confirmar que todo, o casi todo, sucedió tal como lo recuerdo. Siguen ahí también, La Pastora, el Cerro de la Silla y la estación Colón, donde una vez los policías nos regañaron por ostentar nuestro amor con besos caníbales.

Algo se me quebró por dentro, cuando tuve que dejar atrás los pasos que dimos juntos por la avenida Madero, mientras caminábamos a comprar café. Comimos muchas veces en el mercado Benito Juárez, y al final de la comida, siempre compramos galletas de Linares, unas para la tarde y el resto para la cena. Nos gustaba mucho ir a “las pulgas” a comprar prendas extrañas, con el pretexto de que alguna vez las usaríamos para montar una obra de teatro en la que contáramos las hazañas de nuestro amor urgente.

Pero todo se jodió. Monterrey dejó de ser mi refugio, y tuve que salir huyendo de los signos del dolor, que poblaban todas las calles de aquel centro que alguna vez había sido tan nuestro. Una madrugada, en la Macroplaza, le di un añillo de plata que me había robado de un puesto de artesanías, y con toda la cursilería del mundo, le canté una canción norteña para jurarle que amor nos bastaría para salvarnos, y le compuse un corrido cada viernes para confirmar mi promesa. Ver las estrellas desde El Obispado, nunca será lo mismo sin ella.

Querido Toño, tú seguramente has pasado por esas calles que fueron mías; quisiera mirar desde tus ojos cada vez que caminas por ahí, para ver si todavía están las cosas en el sitio que las dejé. Ojalá todavía estén los tacos donde cenábamos, muy cerca de La Coyotera, y nos regalaban frijoles a la charra, porque la señora decía que le recordábamos a ella y su marido cuando eran novios.

Yo ya no voy a ser un escritor regio, nunca podré sentarme a la mesa con Eduardo Antonio para acreditar el filo de “los límites de la noche”, porque las mías se han vuelto interminables, y sobre las azoteas de Pachuca, no hay cruces de neón que anuncien la esperanza más allá de las tinieblas de esta edad.

Antonio, a pesar de los años, cada segundo que pasé en Monterrey, sigue vivo en mí, como si siguiera repitiéndose una y mil veces desde mi lejana adolescencia, para recordarme que su nombre lo llevo marcado con hierro sobre mi brazo, como si yo fuera ganado, pero la historia es que perdí…

Salúdame a Orfa, es posible que ella la haya conocido alguna vez; si es así, si se vuelven a topar, dile que vea si en sus manos todavía lleva el anillo de plata que un día me robé para jurarle que la iba a querer toda esta vida que hoy se me está yendo de golpe. Que por favor le diga que el polvo que seré, la nombrará tras el desahucio…

Jamädi…