Plegarias políticas

Poder y Soberbia

El pisar de los poderosos es frágil, bastante inconsistente, aunque ellos crean todo lo contrario; les gusta andar sobre caminos pantanosos y no sobre piedra firme; les gusta construir sus proyectos de vida en arena y no sobre roca.

Muchos de estos hombres y mujeres con poder han hecho a un lado los valores y principios y han sentado sus reales en la maraña de la corrupción, en la transa, en los asuntos más intrascendentes para los ciudadanos.

Por supuesto, no me refiero a todos los que detentan el poder social, político o económico, porque el poder en sí mismo es un valor y no un contravalor; en México, como en el resto del mundo, prevalece el ejemplo de personajes con liderazgo que han contribuido al engrandecimiento de la sociedad.

Han potenciado su poder, su fama o su dinero en cosas grandes y hermosas para la humanidad; algunos de ellos se convirtieron en seres universales, en estadistas o ciudadanos de gran talento al servicio de los demás.

Han sido hombres y mujeres no sólo de un partido o de una corriente ideológica, sino de muchos institutos políticos, de muchas doctrinas y creencias, de muchas religiones y profesiones, motivados por ese afán de servir.

Motivados por ese aspiración de dar, de ofrecerse; han sido personas entregadas no sólo a una causa partidista o partidaria, sino a la política en toda la dimensión de la palabra, reflejada en el amor hacia el prójimo.

Pero el poder no sólo lo detentan los funcionarios públicos mal llamados “políticos”, porque no todos lo son; sino los periodistas, esos elocuentes transmisores de la verdad, de las realidades humanas.

También los religiosos, esos inigualables interlocutores entre los fieles y Dios; los médicos, los grandes salvadores de vidas; los concertistas, sublimes animadores del alma; los poetas, inmejorables buscadores del espíritu; las amas de casa, imprescindibles arquitectas de la sociedad. Y muchos más.

La grandeza del poder -aún el hegemónico, el supremo- radica en el servir y no en ser servidos.

Nicolás Maquiavelo decía, con preciso tino, que son muchos los que pueden alcanzar la fama, la riqueza y el poder (el posicionamiento, el status), pero muy pocos alcanzan las mieles de la gloria.

¿Cuántos hombres y mujeres en México han llegado a la cúspide de las estructuras públicas y cuántos de ellos, realmente, han grabado su nombre en el corazón de la gente?

A los reyes del medioevo, por citar un ejemplo, se les educaba para bien gobernar a sus súbditos; se les pedía, como primera regla, que “abrieran los ojos del corazón”. Cuando el príncipe preguntaba a sus consejeros cómo podía ser amado por su pueblo, se le respondía:

“Amando a tus hijos, a tu mujer, a tus esclavos y también a tus enemigos”. Allí radicaba la principal virtud del príncipe: “Abrazar a todos con el corazón abierto, principalmente a los más desprotegidos, a los huérfanos, a las viudas”. En la medida que daban, eran amados.

En el “Espejo del Príncipe” (Speculumprincipis) de la Vía Regia (El camino real) se les recordaba que en un reino la soberbia era el peor de todos los males y que, por el contrario, la humildad era la virtud más apreciada.

“La soberbia es el primero y el sumo vicio, aunque brilles con el oro y la púrpura no debes rechazar la humildad; aunque resplandezcas con el atractivo real, no te alejes de esta virtud; aunque estés rodeado por una multitud de pueblos, tú, a pesar de todo, retén la piadosa humildad, pues es una virtud real y es la custodia de los buenos reyes”. Así se les educaba.

En México la soberbia y la avaricia se han sentado en el trono; quienes han gobernado a lo largo de la historia en lo que menos han pensado es en las necesidades de la gente.

Han considerado que la abundancia de bienes, de la fama y del poder serán su escudo y su protección para toda la vida. Pero no es así. Únicamente han logrado que los ciudadanos les guarden rencor o los mantengan en el olvido.

Muchos funcionarios públicos (alcaldes, gobernadores, diputados, senadores, presidentes) estarán en la memoria de tanta gente por haber detentado el poder y utilizarlo para sus nefastos fines.

Ellos y muchos otros son el símbolo de lo más podrido, de lo más descompuesto, de lo más salvaje y lo más alejado del bien de la sociedad; hombres y mujeres de esa naturaleza han secuestrado al México que se ama con toda pasión.

Del secuestro político este país va a escapar como nación cuando los ciudadanos comiencen a formar a sus niños y jóvenes en los principios y valores de la democracia, cuando decidan rescatar a esos sectores sociales marginados y olvidados por todos.

Cuando los ciudadanos se atrevan a castigar con penas más severas a los defraudadores con fuero, a los “intocables”, instalados en los poderes públicos, en las empresas, en las iglesias.

Cuando se entienda que el poder y la soberbia no arrojan nada bueno para este noble pueblo; cuando se comprenda que sólo el servicio y la entrega a los demás nos hará grandes como nación.