Plegarias políticas

Mueren todos, menos el sistema

La muerte de Joaquín Hernández Galicia "La Quina" no será significativa ni le aportará nada grandioso a las nuevas generaciones y eso, en gran medida es bueno. El nombre de los políticos, líderes y dirigentes corruptos debe quedar en el olvido.
Y no es que me convierta en un desgraciado al no "sentir" la muerte del exdirigente petrolero, lo que pasa es que lo único que me viene a la mente al pensar en él es corrupción, corrupción y más corrupción.
Pestilencia emanada de los principales líderes del sindicato petrolero que se han enriquecido, a más no poder, con los recursos económicos y la riqueza natural que pertenece a todos los mexicanos.
Pestilencia de quien en 1989 lo mandó a prisión por más de 30 años bajo los cargos de homicidio y acopio de armas, cuando en los hechos, quien lo encarceló también estaba embarrado de sangre por el asesinato de otros personajes públicos, entre ellos un prelado de la Iglesia.
Fetidez de este anacrónico y hediondo sistema político mexicano que no termina de morir, pese a que han arribado a las más altas estructuras del poder partidos políticos de "oposición" (PAN, PRD, PVEM, Convergencia, Panal), que también se dejaron contagiar de las prácticas malsanas del aparato estatal.
A finales de los años ochenta y principio de los noventa comenzaba a ejercer el periodismo en algunos medios de comunicación, cuando ya se dejaban ver escandalosos y sangrientos casos para la sociedad.
Se ejecutó el artero asesinato del periodista Manuel Buendía Tellezgirón, silenciado el 30 de mayo del 84, por la cantidad de información que tenía registrada en contra de las mafias político-económicas e ideológicas.
También el crimen contra el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, muerto a tiros el 24 de mayo de 1993 en el aeropuerto de Guadalajara; los ejecutores fueron narcotraficantes, pero los autores intelectuales políticos de gran altura.
Un año después, el 23 de marzo del 94, Luis Donaldo Colosio Murrieta, candidato presidencial por el Partido Revolucionario Institucional, fue acribillado en Baja California.
Lo silenciaron por atreverse a decir, pública y masivamente, que México necesitaba salir del marasmo de corrupción en que las cúpulas del poder estaban envueltas, y que únicamente generaban millones de miserables.
Ese mismo año, pero en septiembre, José Francisco Ruiz Massieu, excuñado de Carlos Salinas de Gortari, también fue muerto a tiros por el mismo sistema político del cual formó parte.
En este país, en tan corto tiempo, se ha derramado tanta sangre que los mexicanos ya perdieron la cuenta de los números; además, ya no saben distinguir quiénes fueron buenos y quiénes malos. La costumbre se vuelve cada vez más perversa.
Y a los líderes, dirigentes, funcionarios públicos, hombres y mujeres de fama los vemos caer, uno tras otro, por muerte natural o por muerte política, sin que su desaparición del mapa del poder represente algo nuevo o bueno para el país.
¿Quién carajos se acuerda de la muerte de Fernando Gutiérrez Barrios? ¿Quién de la de Jorge Carpizo McGregor? ¿Quién, dentro de unos cuantos años, se acordará del encarcelamiento de Elba Esther Gordillo?
¿Realmente los nombres de Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo o Carlos Salinas de Gortari, por señalar unos cuantos, quedarán grabados en el corazón de los mexicanos? Lo dudo.
Cuando alguien mencione esos nombres sólo será para enjuiciarlos, condenarlos, deshonrarlos, injuriarlos, agraviarlos. Qué vergüenza, pena y humillación para todos ellos.
Y lo mismo podremos decir de Felipe Calderón o de Vicente Fox. Terminaron sus gobiernos y dejaron la misma cantidad de miserables en el país; eso sí, ellos crearon su propia fundación, se asociaron con los hombres de poder en las grandes empresas o se fueron a estudiar a Harvard.
Se van lentamente los políticos corruptos, pero se queda el viejo y pestilente sistema que nos hunde, que nos condena a seguir viviendo en la penuria, en el rezago, en la obsolescencia.
Todo esto terminará cuando los mexicanos, como ciudadanos que somos, dejemos de ser tan tontos, tan torpes, tan ignorantes, tan conformistas; cuando comencemos a darnos cuenta que como país tenemos muy poco que recibir y mucho menos que dar a nuestros hijos.
¿El viejo sistema debe morir? Sí. ¿El viejo sistema podría cambiar? No. El día que los intelectuales, ideólogos, analistas, periodistas y comunicadores en este país dejen de coludirse con las mafias del poder y cumplan con su responsabilidad crítica, ese día el país tomará un nuevo rumbo.
La muerte de "La Quina" no me dice nada. Tampoco la de Guillermo Tovar y de Teresa. La única muerte que me dirá algo nuevo y bueno como mexicano será la del anacrónico sistema político que nos rige.