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La Mariguana y la Libertad de Elección

El primer punto a considerar en el tema del consumo recreativo de la mariguana tiene que ver con la naturaleza humana; situación que va más allá de cualquier discusión moral. Porque resultaría imposible avanzar en el debate, si no reconocemos que el hombre pertenece a una especie propensa al placer y que éste no se puede inhibir simplemente con una restricción o una prohibición.

De modo que ante cualquier prohibición que pareciese razonable desde el punto de vista del interés público, quien encuentra placer en el consumo, en este caso de la mariguana, afrontará los riesgos legales que ello conlleva y buscará adquirirla a cualquier costa. De modo que la restricción genera un efecto adverso al deseado, porque no sólo no se detiene el consumo, sino porque engendra el crecimiento de un mercado ilícito con extraordinarias ganancias, con fuerte dosis de corrupción y violencia, difícil de enfrentar y en que resultan generalmente endebles las instituciones del Estado.

Ante las consecuencias socialmente nocivas de la prohibición, se podría pensar que el Estado no debería tener injerencia alguna relacionada en el tema del consumo lúdico de la mariguana. Por el contrario, más bien, diría que ante la probable (futura) legalización de la producción y del mercado de la cannabis, el Estado adquiriría un compromiso ineludible, que es el de dotar de los elementos educativos y formativos para que cada persona adopte sus decisiones de la manera más razonada posible. Es decir, cotidianamente, todo hombre asume los riesgos por sus decisiones, pero es responsabilidad del Estado educar a partir del conocimiento; lo que significa el dar una adecuada orientación sobre temas relacionados con la opción de ejercer el consumo de la mariguana; así como del convencimiento de la opción preferente por el no consumo.

La razón social

La razón que se opone al uso lúdico de la mariguana, tiene una lógica sencilla y que parece incuestionable: se trata de una droga que tiene un efecto pernicioso en la salud pública, aun cuando éste sea en menor grado que las otras. Es decir, el Estado en su obligación de determinar la sociedad que se quiere, estaría obligado a rechazar el modelo de una sociedad adicta, enferma en sus capacidades productivas o afectivas y mermada por la ingesta libre y sin obstáculos de una droga.

En los hechos, está concepción aparentemente lógica, ha sido errada. Las cifras actuales indican que en ningún sentido se ha menguado su consumo y en cambio la lucha prohibitiva ha generado una alta violencia y criminalidad. Además, resulta evidente que el consumo de la mariguana es cada vez más abierto; sólo basta observar cuando se camina por las calles de cualquier ciudad de México, tanto en los barrios populares como en otros más propios de las clases medias y altas.

Lo cierto es que históricamente ninguna estrategia prohibicionista ha dado resultado, tal como se puede ejemplificar con la época de la gran prohibición del alcohol en los Estados Unidos. En este periodo grupos ultraconservadores y confesionales lograron con presión política penalizar el consumo de esa droga, sin que el consumo se haya reducido; en cambio, los círculos de impunidad crecieron aceleradamente, pervirtiendo a las instituciones del Estado y a sus representantes que se beneficiaron con la corrupción de su producción importación y trasiego.

José Cilia