Articulista Invitado

La autonomía universitaria es una ficción

Ya es hora de dotar a la UANL de una nueva Ley Orgánica, en la que la ingeniería del poder establezca pesos y contrapesos para hacer posible la instalación del diálogo racional en los órganos de deliberación.

La cultura de la simulación del mexicano, de lo que magistralmente se ocupó Octavio Paz, es una de las variables originadoras de la crisis de identidad que hoy vive la universidad pública, difícil de superar en nuestro tiempo. Un tiempo donde el desarraigo y el miedo a la apertura, la indiferencia y el conservadurismo, moldean el espíritu de los universitarios. 

Concibo la identidad universitaria como un plexo de valores compartidos por los integrantes de una determinada corporación científica, magisterial y estudiantil.

Los más importante de estos valores, que constituyen la esencia de la autonomía universitaria, son: a) el arraigo, es decir, sentirse enraizado en los caminos del bosque en cuyo claroscuro, en términos de Heidegger, se muestra la verdad; b) la deliberación sobre las decisiones fundamentales de la Universidad, como lo son los rumbos que debe dársele a la educación y la investigación; y c) la crítica como forma de vida. 

Lo triste de la situación es que desde hace largo tiempo todos estos valores han huido de la UANL, con lo que se muestra que la autonomía universitaria es sólo una ficción.

Pero dicha ficción no es originada sólo por la pérdida de la identidad de la Universidad, sino que es creada también por la misma Constitución del 17, debido a que su artículo 25 faculta a los integrantes de los sectores público, social y privado a participar en el diseño de estrategias del desarrollo económico nacional. Y dado que no hay desarrollo económico que no descanse en el desarrollo de la ciencia y la técnica, hablar de planeación democrática del desarrollo económico nacional implica deliberar y decidir sobre cuestiones que tienen que ver con los rumbos de la enseñanza y la investigación.

Por supuesto no está mal que otras entidades decidan en estos temas; lo malo es que sean las decisiones de entidades fuera de la Universidad, incluso procedentes del Banco Mundial y otros organismos supranacionales, los que decidan los rumbos de la educación y la enseñanza fundado en el neoliberalismo, y los universitarios lo único que hacemos es levantar el dedo. De todos es sabido que los órganos de deliberación de la UANL, como lo son el Consejo Universitario y las Juntas Directivas de las facultades y escuelas, no funcionan. Al instante, todo lo que se les presenta, lo aprueban.

La incapacidad para el diálogo, lo mismo que el olvido del ayer, son unas de las formas en que se expresa el desarraigo que impera en la UANL ¿Quién sabe acerca de Enrique C. Livas, Raúl Rangel Frías, José Alvarado, Oliverio Tijerina, Héctor Ulises? En el caso del primer ex rector, el desarraigo histórico desvanece el hecho de que él encabezó las luchas que llevaron al Hospital Civil a que pasara a ser parte de la Facultad de Medicina.   

Es lamentable que el proyecto de medicina social pensado por Enrique C. Livas, por lo que fue satanizado por el sector empresarial de entonces, se cambiara por un programa de formación de médicos con mentalidad mercantilista-empresarial, proyectado por quienes desde 1973 han sido partícipes del surgimiento y consolidación de una monolítica burocracia universitaria.

¿Y quién se acuerda, además, que hace 46 años los universitarios salimos a la calle a demandar la autonomía para la UNL?

“Con la autonomía no nos pararán, igual que el agua baja por los arroyos, no nos pararán”. Este era uno de los estribillos de los cánticos callejeros de 1969, año en que el entonces gobernador Eduardo Elizondo otorgó la autonomía a la UNL, que de inmediato rechazamos porque no otorgaba el voto paritario a los estudiantes.

A la postre tenemos que reconocer que nos equivocamos porque, a decir verdad, la famosa Ley Elizondo sí era democrática. Facultaba a los integrantes del Consejo Universitario, es decir, a los representantes de los profesores y los estudiantes (definidos por la Ley como consejeros profesores y consejeros alumnos), para elegir al rector y los directores de escuelas y facultades.

Hoy, la Ley Orgánica en vigor faculta para designar al rector y a los directores a una Junta de Gobierno, puesta por el gobernador en turno. En los años 70 fue cuestionada, se le miró como parte de una decoración de mal gusto; pero el desarraigo llegó y acabó con la crítica.

Ya es hora de dotar a la UANL de una nueva Ley Orgánica, en la que la ingeniería del poder establezca pesos y contrapesos para hacer posible la instalación del diálogo racional en los órganos de deliberación. Para hacer transparente el gobierno de los universitarios, para abatir el fenómeno de la simulación; para que la democracia en los procesos de designación de autoridades universitarias sea efectiva. 

Ya es tiempo también de acabar con el desarraigo de los universitarios; ya es tiempo de interrogar meditativamente el pasado de la UANL, de manera particular a los años 69-73 del siglo pasado, para superar el trauma que dejó el enfrentamiento de posturas ideológicas de las izquierdas y las derechas, enfrentamiento que produjo que alrededor de 400 trabajadores universitarios injustamente fueran despedidos.

No creo en los milagros, pero por ahora, en el proceso de elección que vivimos, lo mejor que podría suceder a la UANL para acabar con el continuismo y realizar acciones contra la cultura de la simulación, y así poder recuperar poco a poco nuestra identidad, es que cualquiera de los independientes: Esthela Gutiérrez, Mario A. Garza, Helio Ayala y Ramón Guajardo, sea designado como nuevo rector.