Punto Porcentual

En nuestra memoria, el gran Motolinia…

Resuenen vibrantes con gran alegría,

las notas que forman así este cantar,

que es todo ternura, amor, poesía,

todo convertido en sublime ideal.

Cantemos dichosos hoy en este día

que dos bellas cosas debemos honrar

en nuestra memoria el gran Motolinia

y en los corazones, este gran lugar…

Es el coro del Himno al Colegio Motolinia, que a tantas generaciones dio educación, en el inmueble ubicado en la esquina de Chairel y Palmera, en la colonia Águila, de Tampico. Administrado por su directora Ana María Ynurrigarro Govea, con la seño Lupana como su asistente y un cuerpo de profesoras como la seño Juanita, la maestra Maripaz, la catedrática Pilar Saldaña, la seño Marianela, por mencionar algunas.

Sin embargo, la historia de este plantel cambió para siempre, desde el jueves 7 de julio de este año: en las redes sociales circularon fotografías de un traxcavo ubicado en el patio principal, a un lado de donde estaba el salón de canto, y en cuya parte superior se ubicaba el auditorio, donde tantas generaciones celebraron su graduación de la educación primaria, las posadas con música de Parchís, o las poesías corales como el “Autorretrato” que un profesor le hizo al vate León Felipe, al compilar varias de sus obras en un gran texto.

“Con mucha tristeza, vi esta imagen, la demolición de una parte del colegio donde pasé los mejores años de mi vida, desde los 3 a los 14, mi querido Motolinia. Ese auditorio lo construyó mi papá, y me enorgullecía que lo supieran. En ese colegio conocí personas que al día de hoy siguen siendo mis amig@s, y con quienes compartí sueños, juegos, aprendizaje, ilusiones. Agradezco infinitamente a las profesoras Ynurrigarro los valores que nos inculcaron, y nunca olvido su lema: Moralidad, Disciplina y Trabajo”, escribió la compañera Lourdes Treviño.

“Pasé por mi Cole y se me hizo raro ver el auditorio sin cristales, pero no supe que la vida me estaba regalando la última vez que lo vería en pie. En ese auditorio supe a mis 14 años lo que era un redoble de tambor que recibí al egresar de secundaria como primer lugar de la generación. Aún se me enchina la piel al recordarlo, un momento indescriptiblemente hermoso para mi familia también. Abajo estaba el salón de canto y otro salón que hoy ya es memoria.

“El espacio en donde tantos crecimos (física y espiritualmente) jugamos, hicimos deporte, rompimos piñatas en las posadas, celebramos nuestras asambleas, aprendimos a bailar folklore, a compartir, amar y respetar ha sido demolido”, relató Isabel Monserrat Rodríguez, abanderada de la generación 1976-1982.

El progreso, pudiera ser la explicación. Sin embargo, será difícil volver a ver este terreno, sin que ruede una lágrima, o dos…