DRAGONES

Soberanía y nacionalismo de chapopote

Es difícil que un pueblo indígena de Oaxaca, o de Chiapas, permita que una empresa nacional, extranjera o inclusive del estado opere en su territorio, sea esta minera, forestal, agrícola, agroindustrial o manufacturera. Es entendible porque dichos pueblos se rigen por economías de subsistencia vinculados a modelos de producción primaria y a sistemas de propiedad colectivos arraigados a la tierra.
En las economías de producción primaria difícilmente prosperan la innovación, el avance tecnológico  y la acumulación del conocimiento, porque ello atenta contra los milenarios usos y costumbres de la comunidad. En las economías indígenas, mejor conocidas en el argot de los analistas especializados como economías asiáticas, la riqueza de una comunidad se mide por lo que produce la explotación de los recursos naturales con los que cuenta. En una economía de carácter primario el factor tierra tiene gran importancia en la valoración de su PIB. Es así que en países subdesarrollados, tercermundistas, poseedores de economías primarias, cuyo PIB depende de la minería, del petróleo, de los bosques, de la agricultura, la propiedad de la tierra y del subsuelo es cuasi sagrada.
En cambio, en economías desarrolladas, la producción minera, agrícola, forestal, ganadera, tiene una baja participación en el PIB nacional. Tan baja es la participación de los sectores primarios en el PIB como alto es el nivel de desarrollo del país. Y tan alta es la participación de los sectores de servicios y del conocimiento, como alto es el nivel de desarrollo del país. No es coincidencia que los políticos, cantantes, artistas, intelectuales y peluches que defienden y pelean esquemas económicos tercermundistas identifiquen la soberanía con la propiedad física del chapopote enterrado en el subsuelo.
Coincido con los que consideran que el Siglo XXI la riqueza de un país está en la riqueza cerebral e intelectual de sus habitantes. Y que un nación es económicamente soberana en la medida que sus ciudadanos son soberanos, libres, económicamente independientes, porque son tan productivos como los más del mundo, capaces de generar altos valores agregados en un entorno donde prevalece un adecuado equilibrio entre progreso y respeto de los derechos civiles y de los ecosistemas.


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