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La Laguna y “El hijo del Ahorcado”

Leandro Alem (1842–1896), político revolucionario, estadista y mason argentino, acuñó una frase que en pleno Siglo XXI debería ser reflexionada por los laguneros, algunos de los cuales me han preguntado: ¿Qué pueden hacer los ciudadanos? ¿Qué puedo hacer yo para que cambien las cosas en nuestra metrópoli? Una frase que resulta pertinente para aquellos que consideran que la política es sólo para los gobernantes, legisladores y miembros de la partidocracia. Pero vayamos a la frase del llamado “El hijo del ahorcado” al ser su padre ejecutado en la desaparecida Plaza de Monserrat: “La vida política de un pueblo marca la condición en que se encuentra, marca su nivel moral, marca el tiempo y la energía de su carácter. El pueblo donde no hay vida política, es un pueblo corrompido y en decadencia, o es víctima de una brutal opresión.”
La Laguna no es un pueblo oprimido ni en decadencia; pero, la condición social y económica en la que se encuentra tiene que ver con el hecho de que los comarcanos hemos sido apáticos, indiferentes, poco dispuestos a participar en política. Somos inmigrantes o descendientes de inmigrantes, que hace poco arribamos o arribaron a la región con el propósito de mejorar el nivel de vida: trabajando, labrando la tierra, emprendiendo un negocio, chambeándole, pues. A diferencia de lo que acontece en las ciudades burocráticas, como Saltillo y Durango, los laguneros le hemos otorgado poca importancia, e inclusive despreciado, al quehacer político. Error fatal, dado que el ejercicio del poder está asociado a la política. Me refiero al poder hacer cambiar las cosas a favor de mejores niveles de bienestar, al poder de hacer valer los derechos que tenemos como ciudadanos, al poder influir en el diseño de planes y programas de gobierno: culturales, urbanos, económicos, ecológicos, de salud etc.
Política y poder son indivisibles. No podemos pretender cambiar a La laguna si no hacemos política, si no influimos en las decisiones del  poder. Y hacer política no significa, necesariamente, ocupar un puesto público; pero sí, necesariamente, participar en lo público, en lo que nos compete como miembros de una comunidad: opinando, proponiendo, asociándonos, organizándonos.
Amigas y amigos laguneros: Llegó la hora de hacer política, mucha política.



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