Intelecto Opuesto

La crisis de valores

Mucho se dijo ya en tan pocas horas de lo ocurrido ayer en la ciudad de Monterrey, en donde una tragedia enlutó al país y ensombreció los corazones de millones de personas en México y el mundo al ver y darse cuenta de una realidad apabullante.

Bastó con observar, leer, escuchar y contemplar las reacciones del hecho en redes sociales, en la calle, en las noticias, para darse cuenta de que hemos acabado con lo poco que nos quedaba de sensibilidad y sangre en las venas.

¿Qué somos los mexicanos?, ¿acaso no podemos tener la más mínima decencia para poder presentarnos ante nuestros semejantes?, y es que, seamos sinceros, hemos perdido el respeto hasta por nosotros mismos.

Por más que se diga o se jacte alguien de ser políticamente correcto, educado, bien formado, trabajador y responsable, no se libra tampoco de la cadena que hemos forjado con desidia por ser mejores.

Llevamos décadas intentando sacar adelante a un país y resulta que no fue así; las nuevas generaciones nos dan una fría bofetada cargada de realismo, crudeza, la esencia del nuevo ser humano.

A la crisis existencial, económica y social se suma la de los valores. Nos quejamos de que hay una guerra contra las drogas, pero no dejamos de pensar en qué haríamos con alcohol, tabaco, mariguana, cocaína y otras sustancias con las que podríamos pasar un rato agradable. Nos molesta que existan niños y niñas groseros y consentidos, pero tampoco hemos educado a nuestras propias familias para que sean mejores. Nos espantan las armas, pero son las que más provocan las muertes de mexicanos en los últimos años.

El miedo es el factor que nos une en torno a no hacer nada. El miedo es lo que nos tiene aquí, leyendo a alguien que escribe como si fuera diferente pero que quizá es peor que todos. No podemos entender lo acontecido pues hemos quedado fuera de la realidad. Preferimos indignarnos en Facebook o en WhatsApp a cuestionarnos, a cuestionar a nuestros amigos, hermanos, hijos, sobre lo que estamos provocando.

Los valores no son intangibles, ni tampoco algo superior e inalcanzable; tampoco dejaremos de ser los mismos si nos dedicamos a ver más allá de nuestros intereses y egoísmo. Basta con detenerse un poco y mirar lo que ha ocurrido: no ayer en Monterrey, sino desde el día en que decidimos apartarnos del pensamiento del bien común.

No tiene uno que ser un santo ni un monje; empezar por respetar a los demás sería el mejor de los inicios para una vida estable, desde donde nos encontremos, no interferir en los asuntos de los demás ni buscar manipular a nadie; respeto al derecho que tiene cada persona a ser y pensar como quiera. Sin atentar contra nadie, sin dejar que la oscuridad nos cubra en su totalidad. Podemos rescatar a México comenzando con nuestras propias acciones y no me refiero a tirar la basura o barrer la calle, sino simplemente perdonarnos la existencia y dejar de lado la ira y la violencia.

eduardogonzalez.lopez@milenio.com