Intelecto Opuesto

Semana Santa: fin del mundo

La irremediable realidad de las cosas nos lleva a suponer el fin del existir de manera cotidiana, más de lo normal de un tiempo para acá, debido a los constantes cambios que ha sufrido nuestro entorno social, político, económico y hasta espiritual.

Quienes no creen en lo holístico aventajan a los que viven en la angustia del sobrevivencialismo y en la inclemente espera de que algo pase con toda la humanidad y lo que habita en el planeta.

Soy de una generación que al cumplir la mayoría de edad lo único que se escuchaba eran mensajes apocalípticos producto de la llegada de un nuevo milenio, una era en la que se supone todo debe terminar porque así lo estipulan los grandes sabios de todos los tiempos.

Incluso en los libros se mencionaban muchas cosas, ni que decir en la televisión –nuestro gran educador- y en el poco explorado pero nuevo medio de difusión masiva, el Internet.

En 1999 sólo se hablaba de una cosa: cuando ocurriera el cambio del 31 de diciembre al 1 de enero, ya en el año 2000, algo impredecible nos ocurriría; los sistemas enloquecerían, el caos reinaría y todo terminaría. En 2012 ocurrió lo mismo con el denominado Apocalipsis Maya en donde se suponía que al terminar el fin de una era y el comienzo de un nuevo ciclo, todo nos conllevaría a la catástrofe.

Quitando los acontecimientos propios de la naturaleza (terremotos, tsunamis, meteoritos), es indudable que la necesidad de destruirnos es la esencia de nuestro origen y lo que seguramente nos terminará liquidando. El hombre, como especie viviente, persigue siempre un fin destructivo, incluso para la religión.

En su libro “Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización” (Fondo de Cultura Económica, 2008), el autonombrado Papa Emeritus y ex sumo pontífice del Vaticano, Joseph Ratzinger, describe -el texto es parte de una ponencia de 2004 en la Academia Católica de Baviera- el crecimiento de las posibilidades que tiene el hombre de producir y de destruir lo que plantea con mayor hincapié de lo habitual la cuestión del control jurídico y moral del poder. Es decir, la propia Iglesia pretendiendo establecer mecanismos de control al pensamiento apocalíptico surgido de las acciones humanas.

Para esto, expone el propio Ratzinger, que antes había surgido la cuestión de si hay que considerar la religión como una fuerza moral positiva; “ahora debe surgir la duda sobre la fiabilidad de la razón”, afirma.

Nadie sabe con precisión que es lo que nos pasará y lo único que nos mantiene vivos es esa fuerza oculta que se mueve entre nosotros: energía, materia, átomos, ADN, la mano de Dios, como le quiera llamar, todo nos lleva hacía el mismo punto. La vida y la muerte como un paso más del conocimiento.

eduardogonzalez.lopez@milenio.com