Intelecto Opuesto

El Presidente de los mexicanos

Ayer se cumplieron doce meses de la llegada de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República en un país que cada día se plantea más la necesidad de depender menos de la política y sus actores.

Más allá de un balance o evaluación del primer año de Peña Nieto al frente de la administración federal, siento que es preciso aclarar para qué queremos a un Presidente si la mayoría no acatamos ni la luz roja del semáforo.

¿Es necesario contar, en un país como el nuestro, con una figura de autoridad política que dicte la línea jurídica, empresarial y laboral de más de cien millones de personas?

México es en cada región diferente y de formas, en muchos casos, extremas. Lo vemos con la Ciudad de México y la zona metropolitana, espacio gobernado por todos y nadie a la vez; o en los estados con las denominadas autodefensas que son la ley dentro de una entidad con poderes como Michoacán.

En todos los casos que pongamos como ejemplo existe la particularidad de que se trata del estado mexicano de quien dependemos al final de cuentas para poder alcanzar preceptos como libertad y justicia; no podemos obtenerla por nuestra propia mano, pero tampoco existen las condiciones para que nos las puedan brindar en plenitud. No en el México actual.

Me queda claro que los vicios y problemas que carga el país no son culpa del Presidente, pero tampoco él, como máxima figura de autoridad en el país, se ha sabido sobreponer a la adversidad que representa una nación llena de despilfarro y corrupción, en donde nadie te regala nada pero todo se vende.

Ese cambio mental que debería encabezar el Presidente es lo que puedo calificar como necesario para México; que mayor obra puede existir que la huella de un líder para con los suyos, que el mensaje que debe ir hasta el fondo de los corazones, que sea el que levante al pueblo no en armas ni en rebeldía, sino en unidad de trabajo y convicción.

Puedo leerme atolondrado o irreal en mis planteamientos, pero vamos, los grandes líderes del siglo pasado marcaron la pauta desde el pensamiento y no con grandes acciones materiales. Dicen que no es con construcciones físicas como se edifica un país sino con bases sólidas de valores en donde existan personas leales a su patria y a su pueblo y que busquen el bien común con acciones colectivas.

Modificar  las reglas de operación de un programa social que operan desde arriba, o reglamentar el pago tributario, la carga fiscal a nuevas adecuaciones, son sólo eso, reglas, normas y leyes, que terminarán por ser violadas, corrompidas y nuevamente modificadas cuando llegue otro Presidente.

Si no se trabaja en las bases del pueblo, en la educación de la gente, la desgastada figura política del jefe de estado podría alcanzar un punto en el que no será necesaria más que para decir que fulanito o sutanito es “el Presidente de los mexicanos”.

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